Estudio Crítico del Discurso: endo y exo definiciones religiosas y libertad de expresión. Reacciones xenófobas al asesinato masivo de Charlie Hebdo

por Ígor Rodríguez Iglesias

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En Francia, Le Pen y su Frente Nacional; en el Reino Unido, Farage y su Ukip; o en Alemania, Pegida y su AfD. Son tres ejemplos, entre muchos, porque durante estos días hemos atendido estupefactos a una oleada de discursos particulares visibles a través de las redes sociales donde ciudadanos de a pie exponían su parecer, compartiendo todo tipo de elementos gráficos, normalmente contra el Islam y también contra las personas de origen árabe. Enseguida se pudieron ver algunos enlaces de opiniones anteriores en el tiempo, como aquellas palabras del escritor español A. Pérez-Reverte diciendo “es la Guerra Santa, idiotas” –porque se lo dijo un amigo de cervezas- y “seremos todos decapitados”.

Los periódicos, las radios y las televisiones hicieron lo propio. En un momento en el que más que nunca prima la inmediatez (antes era la radio la que tenía el margen de error por la rapidez al informar), se antepone publicar literalmente ‘lo que sea’ antes que información veraz y contrastada. No es el fin aquí analizar el hilo de las publicaciones en función de los citados acontecimientos, por lo que no nos detendremos en tal cuestión, interesante, por otra parte. A las informaciones les sucedían o les iban acompañando las opiniones: tanto de los colaboradores de las secciones de Opinión como de los propios lectores.

Si alguna vez alguien quiso tener a su alcance un corpus de discursos racistas actualizado al instante, está de enhorabuena: los comentarios de los sitios web son una fuente de riqueza textual en relación a ese contenido.

A tales comentarios se acompañaban ilustraciones de los dibujantes de los periódicos y otros medios gráficos, que, al igual que los enlaces de noticias, eran compartidos por los usuarios de las redes sociales.

Los lingüistas que nos dedicamos a estudiar los discursos sabemos que todo lo dicho, lo escrito o lo representado gráficamente comporta un orden social, una ideología. Ese día y el siguiente fluyeron ideologías de la desigualdad, promulgándose el racismo, la discriminación religiosa y la xenofobia, focalizándose hacia los musulmanes y árabes. Ni que decir tiene que muchos de los discursos observados asimilaban musulmán y árabe y, con ellos, fundamentalismo y terrorismo.

Comenzó a fluir un discurso de la endo o autodefinición y de la exodefinición.

En el ejemplo de Pérez Reverte, cuyas palabras no correspondían a estos días, pero sí eran compartidas, comentadas y asumidas al hilo de los sucedido en la revista Charlie Hebdo y otras ubicaciones parisinas, se puede observar esta definición de un grupo (nosotros, los romanos, literalmente) frente a ellos (los no romanos).

Este artículo de ABC, del 9 de enero, de Ignacio Camacho presenta esta dicotomía simplista (europeos vs. bárbaros) en estos términos: “Esta civilización, la occidental, la democrática, es con todos sus defectos mejor que las demás […] una sociedad abierta, culta, desarrollada, cívica, a veces fútil pero no tan estúpida como para dejarse destruir en nombre de su propia trivialidad”. Es decir, se presenta a todo aquello que no es Europa y europeo como cerrado, inculto, subdesarrollado, incívico y trivial. Este etnocentrismo no oculta la radicalidad de este pensamiento eurocéntrico y de su postura, que “significa negarse a comulgar con las verdades declaradas del relativismo”, que, como se infiere, es presentado como negativo frente a un positivo eurocentrismo.

Las críticas al relativismo y la exaltación del eurocentrismo frente a las otras formas (desvalorizadas, deslegitimadas) también forman parte del aparataje discursivo de otro opinador de ABC, el locutor de Onda Cero Carlos Herrera, que el mismo día, 9 de enero, escribía esto:

“Occidente, en su permanente reinvención del relativismo, da muestras a diario de su insoportable complejo de pecado original, de una permanente expiación de culpas alimentadas por su propia factoría histórica; sin percatarse de que, mediante ese perverso mecanismo, acabará sucumbiendo al desmontaje milimétrico de valores irrenunciables que han caracterizado su progreso. Cuando ese sistema se desmenuce, otros lo acabarán ocupando y lo harán con normas ajenas a todo lo que la única civilización presentable ha conseguido”.

Esta “única civilización presentable” es colocada frente a “otros […] con normas ajenas” y se explicita ideológicamente para el autor que es “funesto [el] multiculturalismo”. Para Herrera existen “perfectos cómplices”: “los que desde Occidente alimentan a diario esta absurda conciencia de culpabilidad”, “la izquierda europea, esa cosa tan amorfa en plena descomposición descontrolada”. Y todo, en su opinión, con un fin: “la búsqueda de nuevos proletarios”, que, según el autor, vendrían a ser los islamistas, a quienes, según Carlos Herrera, esa izquierda europea vería como “una nueva forma de protesta social”, algo incomprensible para el locutor de Onda Cero y articulista de ABC, ya que de este modo estarían “defendiendo culturas extraordinariamente ajenas a sus utopías revolucionarias y desatendiendo la propia, la que le ha hecho llegar hasta aquí en mucho mejores condiciones que sus supuestos protegidos”.

Esta última frase es reveladora de una estrategia de condescendencia, que refleja la relación de fuerza de clases y sólo se emite desde la dominante: Herrera le concede a esas “utopías revolucionarias” logros, incluyéndolas en el resto del endogrupo.

Se cita a Serafín Fanjul, especialista en filología semítica y se le legitima por ello, por sus conocimientos históricos y textuales de la cultura árabe, que nada tiene que ver per se con el terrorismo y los fundamentalismos. Siendo otra firma habitual en los últimos años de ABC, Fanjul ha criticado con ironía el multiculturalismo y ensalzado, por ejemplo, una propuesta, entonces desde la oposición, de Mariano Rajoy (PP): el “contrato para la integración”, que, “amén de moderado y sensato, puede tomarse como un medio de facilitar la estancia de los forasteros en España y la relación fluida y distendida con nosotros, algo más que deseable”, escribía en aquel periódico el 1 de marzo de 2008. Son las ideologías dicotómicas y exodefinidoras: nosotros y los otros, los problemáticos.

Esta construcción discursiva, con este determinado componente ideológico, llega a su máximo apogeo, ya adelantado por Reverte: “es la Guerra Santa, idiotas”. Camacho, el 8 de enero, ha publicado en ABC que, efectivamente, en su opinión, sin lugar a dudas, “hay una guerra y la podemos perder porque nosotros dudamos y ellos no”. Puede parecer al lector, hasta ahora, que hayamos forzado esta dicotomía en los discursos de estos articulistas de opinión del periódico conservador español. Ni mucho menos: el propio Ignacio Camacho define el endogrupo y el exogrupo desde su particular punto de vista:

“Nosotros: los europeos, los occidentales, los partidarios religiosos o laicos de organizarnos en democracia y vivir en libertad. Ellos: los integristas islámicos, los fanáticos del Corán y su yihad que crecen y se multiplican en las sociedades libres aprovechando su flexibilidad multicultural”.

No obstante, en este “ellos” queda excluida la mayor parte de la población de los países donde una considerable parte de la población se dice practicante del Islam, países puestos en entredicho. Se excluye también a las comunidades y grupos de extranjeros y -en España, Francia, etc.- procedentes de países árabes ­­–un 20% del total musulmán aproximadamente- y sus descendientes, que, obviamente no son extranjeros y que están plenamente integrados en las sociedades europeas, con independencia del dios al que recen. Es clave esa demonización del multiculturalismo, que, curiosamente, estos autores hacen definidor de aquellas sociedades que presentan ante sus lectores (consumidores de ideología), paradójicamente, como cerradas. Por su parte, la democracia y libertad europeas son presentadas como contrapuestas al multiculturalismo en estas particulares visiones.

El discurso de Camacho no solo polariza los grupos en europeos/yihadistas, sino que habla de multiplicación, lo que implica que hay personas que de no ser “integristas islámicos” pasan a serlo. ¿Quiénes son: los llamados moderados, los cómplices de los que habla Herrera? Se enciende el foco de la sospecha sobre los musulmanes en general: incluso el especialista (Serafín Fanjul) no lo tiene claro: “Si existen mulsumanes moderados, que aparezcan” (ABC, 19 de septiembre de 2006). Para ser justos, Pérez-Reverte sí habla de ellos: “Se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico” (XL Semanal, 28 de septiembre de 2014).

La dicotomía se propagó rápido tras el asesinato masivo de París en las redes sociales a través de viñetas como ésta, en la que se presenta a un musulmán como un asesino al volante:

volante

La pregunta es, ¿cuántos mulsulmanes que conducen sus vehículos por las carreteras españolas o francesas han arremetido contra los peatones en un acto de asesinato masivo? Alguien dirá que lo hizo uno (!) en Canadá hace tres meses y para el imaginario discursivo de Herrera y compañía podría ser una cifra pertinente. En rigor, obviamente, no lo es.

Ese imaginario no se corta a la hora de ensalzar su dicotomía, con referencias históricas, como esta de Puebla en ABC, donde se puede ver a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, a caballo, a luchar contra ¿“300 moros”?

mouro medo

Todo acompañado de multitud de comentarios xenófobos, racistas y acusadores a diestro y siniestro.

Algunos ya hablaron de “Tercera Guerra Mundial”, idea que sostiene Pérez-Reverte, acompañada de un “idiotas” para los que discrepan.

Muchos quisieron ver a un “islamista” en el autor de los envíos de paquetes “sospechosos” a redacciones periodísticas de Madrid el mismo día del suceso parisino. Luego se supo que el individuo autor de tales envíos no tiene nada que ver con el Islam y no es árabe ni extranjero: es español, como el Cid (nota: en rigor, el Cid no era español, sino castellano). Incluso, muchos recordaron cómo apenas una semana antes un hombre con enfermedad mental sembró el caos en Atocha, en Madrid, al decir que tenía una bomba encima. Resulta que era de origen magrebí, donde, al parecer, no puede haber personas con problemas psiquiátricos.

En medio de este maremágnum opinador, los servicios de información de agencias de noticias tan importantes como Europa Press y todos los periódicos volvieron a amplificar y dar cobertura mediática a los tuits y entradas de Facebook de un actor español: Guillermo Toledo. ¿Por qué sucede esto? La pregunta no es baladí y sería interesante un análisis del discurso específico de cómo se construye la imagen negativa de una persona por parte de los medios. Algún hecho socialmente relevante ha tenido que haber protagonizado el actor para despertar tanto interés, normalmente negativo. Y, efectivamente, el hecho ‘relevante’ –está claro que no es un hecho trascendente- es haberse posicionado a favor del Sáhara, Palestina, Cuba y la Venezuela bolivariana. Se le acusa de salidas de tono, pero, al final y al cabo, lo hace en sus cuentas personales y no es el representante de ningún colectivo. En lo que nos ocupa, es interesante no ya la evocación de la imagen de Guillermo Toledo en esta viñeta, al que se le llama el “arma más destructiva” de España, sino la presentación de terroristas diciendo “Alá es grande”.

Alá é grande

En este contexto se produjeron gestos discursivos (palabras) a favor de la libertad de expresión, con la reproducción de algunas viñetas que los musulmanes (no los terroristas, sino los musulmanes en general) consideran ofensivas, dadas sus creencias. Se reproducían algunas portadas de Charlie Hebdo, como ésta:

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Un pequeño experimento, por llamarlo de algún modo, realizamos en las redes sociales con la inclusión de imágenes ofensivas para los católicos y que formaron parte de una exposición que se vio atacada y fue denunciada por el PP.

cristo

Estos días se ha recordado otros ataques y amenazas a Leo Bassi, que también ha usado el humor para la crítica, esta vez contra el catolicismo. Parece que la gracia deja de tener gracia cuando se ve aludido el endogrupo. De hecho, algunas personas nos manifestaron lo ofensivo que eran esas imágenes para ellas. En estos casos, primaba para estas personas su derecho al respeto a su creencia religiosa sobre el derecho a la expresión (artística). En el caso de la representación de Mahoma, ¿se reconoce ese derecho?

Es preciso puntualizar que la mayor parte de los musulmanes no encienden hogueras con estas cuestiones (1.000 millones son muchos). Tras varios días de polarizaciones e incitaciones a la venganza –o, directamente, apología de la misma, por parte del propio ABC-, este periódico se hizo eco de las declaraciones del presidente de la Asociación de Jóvenes Musulmanes de Madrid, Mohamed Said Alilech, que casi han pasado desapercibidas, pero en donde se puede leer las palabras de éste representante de la citada asociación: “Ellos no son el islam, son terroristas. Mahoma es el profeta de la paz”, “repulsa total y contundente [al] cruel atentado” o “Las bases del islam no predican la violencia. Todo lo contrario. Los extremismos y la radicalización, por desgracia, existen en todas las ideologías, religiones y colectivos. Los que actúan de forma violenta en nombre del islam, malinterpretan los textos sagrados” (ABC, 11 de enero). El periódico tardó cinco jornadas en recoger estas declaraciones y tonos similares, que no fluyen con la misma fuerza en la red (de hecho, las hemos tenido que buscar a conciencia). El daño ya estaba hecho. ¿Queriendo o sin querer?

La apología de la venganza, de la violencia, en definitiva, la encontramos en la propia portada de este periódico conservador del día anterior, 10 de enero: “Francia venga a sus muertos”. El silencio de las asociaciones de prensa es indignante, no así el de periodistas que particularmente han llamado la atención sobre estos asuntos.

abc

La Asociación Cultura Crítica UAM, en su perfil de Twittwer (@aculturacritica), puso de relieve el 8 de enero las tendencias en Twitter de los hashtags en Francia y España: con una reacción mucho más xenófoba y discriminatoria en este segundo país que aquel en el que se produjeron los hechos.

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En diversas ciudades españolas estos días han surgido pintadas, como las de las ilustraciones: clic en imagen 1 e imagen 2.

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Otras se pueden ver en este enlace de Diásporas Magazine

Estas palabras que escribo sólo pretenden ser un llamado a la responsabilidad de las llamadas élites simbólicas, de los que están en uso de la palabra con proyección colectiva (periodistas, profesores, políticos, escritores, etc.). Me temo que a los autores señalados (Herrera, Camacho, Fanjul) poco se le podrá pedir, pero sí es preciso que personas con los conocimientos suficientes o con, al menos, la intuición de que ese no es modo de proceder alcen la voz contra estas formas de injusticia: la de unos discursos que alimentan el odio, que polarizan, que se sitúan en una posición en la que pretenden hablar por todos (los europeos) y sólo están sirviendo a sus propios intereses de grupo social (clases dominantes), no a la humanidad misma y el deber y derecho que tienen los pueblos de entenderse, cooperar y convivir.

 

Ígor Rodríguez Iglesias es investigador de la Universidad de Huelva y la Universidad Autónoma de Madrid. Área: Lingüística, Estudios del Discurso.

A velhofobia e a decadência do Ocidente capitalista

Lucian Freud

Lucian Freud

 

A VELHOFOBIA é mais irracional e cruel do que o racismo, a xenofobia, a lesbofobia, a homofobia. É a mais grave das violências no decadente Ocidente capitalista e cristão.

 

A VELHOFOBIA existe entre os heterossexuais e homossexuais. Aliás, gay quer dizer rapaz alegre. O vivente mais desprezado pelos gays é uma bicha velha. Vale para as lésbicas.

 

velhofobia velhas lésbicas

 

Na maioria heterossexual, as chapeuzinho-vermelho adoram um jovem lobo mau. Elas não gostam é do lobo velho. Quando o nojo sempre foi de quem come.

 

O amor não tem idade. Para a VELHOFOBIA tem. Diferente governos e a justiça criminalizam o amor dos velhos. Que, até para casar, precisam do consentimento dos herdeiros.

 

Não existe amor de mais, nem de menos. Amor de menos é amizade. Amor demais, paixão. O amor é amor, simplesmente.  O sexo por amor é lindo. E sagrado.

 

A VELHOFOBIA é desprezo, nojo dos velhos, que têm sua sexualidade ridicularizada, humilhada, condenada.

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velhofobia ereção tesão

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Os filhos levam os amositos homo e/ou hetero para a casa dos pais. Ai dos pais separados, divorciados e viúvos se fizerem o mesmo. Os rebentos arrebentam tudo. Tocam fogo na casa. Promovem uma lapidação.

 

Quem tem menos de trinta faz amor com gatos e sapatos, inclusive com drogados, bandidos, gigolôs etc. Depois dos 50 vai ficando cada vez mais difícil neste Brasil das 500 mil prostitutas infantis.

 

Nada mais desumano, cruel e humilhantes do que o nojo. A VELHOFOBIA começa com o nojo.

 

Entre os jovens é mais fácil e aceitável fazer amor com um aidético, um leproso, uma alma sebosa do que com um velho.

 

Um aidético nunca é um velho, ou um idoso ou um ancião, morre antes.

 

Os controladores da sexualidade, os psiquiatras e os governos (para não pagar pensão), os filhos para não dividirem herança, criaram um novo amor considerado como doença e contra a natureza: CRONOFILIA. Ter atrações sexuais fora da sua faixa de idade.

 

Muita gente esquece: PEDOFILIA é a atração sexual de um indivíduo adulto ou adolescente, dirigida primariamente para crianças pré-púberes. Adolescentes de 16 ou 17 anos também podem ser classificados como pedófilos, se eles tiverem uma preferência sexual persistente ou predominante por crianças pré-púberes, pelo menos cinco anos mais novas do que eles.

 

Neste mundo em que tudo é descartável, e tudo se torna obsoleto, a velhice se tornou um lixo social. Depois dos 50, nem sexo em casa, nem emprego nas empresas privadas.

 

Que fique criado, e que seja divulgado o termo VELHOFOBIA.

 

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velhofobia doença

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Giancarlo

Giancarlo

 

Vitória

Vitória

 

 

Goiânia

Goiânia

 

 

 

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Los horrores de la guerra en palabras

“No hay nada glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea del bando que sea”, plantea el autor bosnio Velibor Colic, que aun en el horroroso recuento de la guerra de los Balcanes en los noventa encuentra una ventana donde hacer entrar la humanidad y hasta el humor

Colic se alistó en el ejército bosnio, pero desertó

Colic se alistó en el ejército bosnio, pero desertó

 

Por Por Silvina Friera


“¿Se paga peaje cuando no se tienen más que recuerdos como equipaje?” Esta acuciante pregunta la plantea un sobreviviente de la lucha encarnizada y homicida de los Balcanes en los años ’90, consciente de la dificultad radical de expresar los sentimientos de quienes se han salvado del “sangriento festín” al que él, como tantos otros, estaba convidado desde hace tiempo. “No hay nada glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea del bando que sea”, se lee en la última parte de Los bosnios (Periférica) primer libro del escritor bosnio Velibor Colic, un artefacto bello y doloroso, próximo a los recursos de la ficción, con evocaciones breves que podrían camuflarse en el ropaje “mítico”, es decir, rozar el cuento de hadas, a veces la plegaria o la poesía, otras relatos brevísimos de vidas truncadas. Pero, como aclara el narrador, “todo es verídico, por desgracia”. Un texto que es un eslabón más de la cadena en la que se podrían inscribir Walter Benjamin, Primo Levi y también Ivo Andric, el único autor yugoslavo que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Se suele aconsejar que para tratar cuestiones tan extremas, en la compleja frontera de lo indecible, conviene esperar pacientemente, dejar reposar esa experiencia. Que la escritura inmediata, en “caliente”, pegada a los acontecimientos, además de contraproducente, no se traduce en resultados mínimamente adecuados. Que es indispensable cierta distancia temporal para escribir. Cualquier tipo de manual o de instrucciones están concebidos para ser transgredidos. Y éste parece ser el caso del narrador bosnio.

Colic nació en 1964 en la pequeña ciudad de Modrièa (Bosnia). Se alistó en el ejército bosnio, pero no pudo soportar lo que vieron sus ojos. En su primer libro, publicado en Francia en 1994, donde actualmente reside, dos años después de los hechos vividos, cuenta el incidente que lo convirtió en “desertor”. A los prisioneros serbios se los obligaba a tender las manos entre sí, y se las ataban con alambre de espino. “Resulta que pasé cerca de un hombrecillo mal afeitado, con uniforme del ejército federal, que estaba agachado, y con las manos sujetas, junto al canal que bordea la carretera de Garevac, cerca de Modrièa. Con voz suplicante, me llamó y me pidió que le abriera el bolsillo superior izquierdo de su chaqueta. Así lo hice, y encontré en él la fotografía de dos niños (un niño ya de una cierta edad y una niñita más pequeña). Le deslicé entre sus dedos ensangrentados, di vuelta y me marché. En el dorso de la foto ponía: ‘¡Papá, vuelve!’.” En julio de 1992, un grupo de entre dos y mil tres mil bosnios de la región de Posavina fue encerrado en el campo Slavonski Brod. El escritor estaba entre aquellos desdichados. En una nota al pie del capítulo sobre este campo “de la derrota y la vergüenza”, el autor revela que, aprovechando una violenta tormenta que estalló el tercer día de su cautiverio, el 13 de julio, consiguió saltar el muro de aquel estadio transformado en campo y llegar hasta Zagreb. Al día siguiente, el campo fue desmantelado de modo inevitable: los serbios lo bombardearon. “Ninguno de los que habíamos conseguido salvar la vida gracias a algún milagro, ni tampoco aquellos que murieron en aquella guerra demente, tenemos muchas posibilidades de volver un día a ‘nuestro’ lado del Sava. Nos marchamos con miedo y precipitación, emprendimos las vías celestes o ‘imperiales’ que llevan a la muerte y el exilio.”

Los bosnios, que empieza con una plegaria, “Ave María, gratia plena…”, está dividido en tres partes –“Hombres”, “Ciudades” y “Alambradas”– más una sección final: “¿Post scriptum o post mortem (carta a un amigo muerto)?”. En la primera parte, emerge una voz colectiva, un “nosotros” que va desgranando las atrocidades cometidas para que las víctimas no queden confinadas en la infamia del anonimato. En “Hombres” hay nombres, aunque el lector pronto crea asistir a una especie de cementerio en continuado, cadáveres y más cadáveres apilados en el decurso de las páginas. Acaso no sea pertinente preguntarse, emulando a Adorno, si es posible la poesía luego de la guerra en los Balcanes, con 98 mil muertos, un millón de desplazados y una limpieza étnica sistemática; números aproximados que poco y nada dicen. Los números no hablan; verdad de Perogrullo que no viene mal, más allá de la obviedad, apuntar. Los muertos tampoco hablan, por eso Colic elige adoptar una voz que se parece al del narrador oral que articula relatos a través de testimonios, de testigos que completan parcialmente fragmentos brevísimos de historias espeluznantes. Como la historia de Adem –Adán, el primer hombre–, que caminaba encorvado como el filo de una hoz. Vivía en una casucha de adobe junto con su madre, hasta que los serbios se ensañaron con su joroba. “Por primera vez en su vida, Adem estaba erguido. Estaba de pie contra la pared de su casa natal, empalado en una estaca. Le habían roto la columna vertebral para enderezarla.”

Al gitano Ibro, que pese a ser musulmán se negó a huir de la ciudad natal del escritor cuando los soldados serbios entraron, le cortaron el cuello, como a su mujer y a su hijo. Como en “tiempos de los turcos”, plantaron las cabezas sobre las estacas de la empalizada que rodeaba su casa. Alma era una niña de siete años que vivía de la caridad brutal y voluble, de los borrachos a los que vendían flores. La bala de un francotirador la mató. La muerte sorprendió a Simo con los ojos abiertos de par en par. “A la pregunta habitual que le había hecho un oficial del Ejército Federal, si era serbio leal o no, Simo había respondido: ‘Soy serbio, en efecto, pero Bosnia es mi patria’. No era culpable de nada más.” Tanto horror seguido, narrado con una precisión quirúrgica, poniendo el acento en el verbo y prescindiendo de la adjetivación para generar un estado de vacilación persistente –lo verídico es tan excesivo, un hiperrealismo elevado a la enésima potencia que deviene absurdo o imposible–, resultaría insoportable. Para contar la tragedia en los Balcanes, esa zona de alta heterogeneidad y mescolanza con sus reyertas ancestrales, es indispensable el desvío a través del humor. El aire que suministra una dosis exacta de comicidad para continuar respirando, viviendo, leyendo. El escritor lo consigue insertando misceláneas protagonizadas por Huso y Haso, personajes populares de los chistes bosnios.

En “Ciudades” explora la agonía y la ruina de tantos sitios desaparecidos de la faz de la tierra, como el pueblo de Grapska. “El cementerio en el que reposaban los ‘bienaventurados’ que habían tenido la suerte de morir de muerte natural tampoco se salvó”, confirma el narrador cuya literalidad, fenómeno extraño, no es ironía. Por más paradójico que suene, en esas ciudades devastadas, sólo los cementerios son nuevos. Los habitantes entierran a sus seres queridos en lugares absurdos, en los parques públicos, en los jardines de sus propias casas, donde pueden. “No hay tiempo para ceremonias y lágrimas. Se cavan siempre dos o tres fosas por adelantado. Por los muertos venideros.” Los bosnios no es un libro de “respuestas” ni el equivalente bélico de la autoayuda. El dedo en la llaga que mete Colic en su debut literario –ojalá se traduzca pronto la elogiada Sarajevo ómnibus, su última obra, publicada por Gallimard– podría condensarse en esta frase-interrogante: “No importa, quememos, aniquilemos, más tarde encontraremos buenas razones para haber actuado de ese modo. Al fin y al cabo, ¿no nos han enseñado las guerras precedentes que, al final de un conflicto, los vencedores consiguen siempre justificarlo todo?”

Quem é superior a quem e por que?

por Pedro J. Bondaczuck

Pedro J. Bondaczuk3


A discriminação, qualquer que seja sua natureza e a forma em que  se manifeste, é sempre estúpida, irracional, anti-social e, sobretudo, perigosa. Não existe parâmetro para medir seres humanos, em sua importância, a não ser o da mortalidade. E nesse aspecto, todos se igualam: reis, príncipes, presidentes, generais, milionários, mendigos etc. etc. etc. Ninguém, absolutamente ninguém escapa desse destino inexorável que é o da extinção. Ainda não apareceu esse que conseguisse sobreviver ao tempo e aos desgastes naturais dos anos e fosse eterno. Jamais aparecerá. A morte é fatalidade biológica para todos (sem exceção) seres vivos.
Entretanto, e em especial em culturas mais antigas e supostamente mais evoluídas, como a européia – mas não só nelas – existem focos, que se reacendem de quando em vez, dessa infecção do espírito. Pessoas passam, então, a ser discriminadas ou pela cor da pele, ou pelo país de origem, ou pelo credo que professam, ou pelos costumes que adotam, ou até por algum eventual defeito físico que possam ostentar, à revelia de sua vontade, claro, e vai por aí afora. Alvos de preconceito é que não faltam..
Embora mencione especificamente a Europa, poderia citar o Brasil (por que não?), onde as discriminações são corriqueiras, embora enfaticamente negadas. São onipresentes não em alguma camada social específica, mas em todas elas, com maior ou menor grau de intensidade. É um mal generalizado. Não menciono o que ocorre no dia a dia do nosso País porquanto este prescinde de informações suplementares a propósito. Milhões de brasileiros, pelas mais variadas razões (sempre estúpidas e pueris), sentem o preconceito, amiúde, na própria carne. E discriminam também. Não somos, pois, o povo tão “cordial” e compreensivo, como volta r meia se apregoa.
Essas erupções discriminatórias, no caso da Europa – cuja população já poderia e deveria ter aprendido quais são suas nefastíssimas conseqüências – foram causas de inúmeras desgraças nesse continente e no mundo. Os judeus sofreram mais com essas periódicas manifestações, até que lograssem reaver a própria pátria e reconquistassem seu orgulho nacional. Afinal, foram vítimas de um dos maiores genocídios de que se tem notícia na história contemporânea. Mas, embora neguem e jurem por todas as juras que não agem dessa mesma forma, também discriminam outras etnias e não raro até pessoas da sua própria, pelas mais variadas (e pueris) razões.
Mas não foram (ou não são) somente eles que passaram (ou passam) por esse dissabor. Os armênios, por exemplo, sofreram, no início do século XX, massacre inesquecível (e raras vezes mencionado) perpetrado pelos turcos, que os julgavam pretensamente inferiores e que redundou na morte de entre nove e dez milhões de pessoas. Os negros sul-africanos pagaram duríssimo preço, no período ainda bastante recente, do “apartheid”, de tristíssima memória, apenas porque um bando de lunáticos preconceituosos julgou sua personalidade baseado somente na cor da sua pele. Chegaram ao cúmulo de serem considerados estrangeiros na terra em que nasceram e seu país possuía, na ocasião, “dois deuses” diferentes, a julgar pelo fato de que existia segregação inclusive nas igrejas ditas “cristãs”, locais pretensamente de congraçamento e de fraternidade.
A Europa, reitero, passa por cíclicos surtos de racismo que vêm, geralmente, acompanhados de odiosos sistemas que no passado deram guarida a tais malucas fantasias, como são os casos do fascismo e do nazismo, que renascem de tempos em tempos, sob diversos rótulos a disfarçá-los, mas com virulência redobrada, como costuma acontecer com as ervas daninhas. A discriminação européia atual não se volta mais contra os judeus, ou não exclusivamente contra eles. É contra povos que têm usos e costumes julgados inferiores pelos habitantes desse continente, que se esquecem que há cerca de um século se tanto, eles ainda chafurdavam em idêntico atraso e indigência que hoje buscam ridicularizar.
A Paris de 200 anos atrás, por exemplo, tinha ruas que ficavam intransitáveis em épocas de chuva, tomadas pelo lamaçal e não lembrava em nada o atual fastígio de “Cidade Luz”. Londres tinha suas principais avenidas com esgoto a céu aberto. E não era por acaso que pestes periódicas assolavam a cidade e todo o continente, dizimando milhões e milhões de pessoas. Eram causadas pela ignorância e falta de higiene, que hoje seus habitantes tanto ridicularizam nos outros.
Os orgulhosos alemães (é evidente que me refiro aos que fazem da discriminação prática diária, pois não se pode e nem se deve generalizar), por exemplo, consideram trabalhadores turcos, ou portugueses, ou provenientes do Norte da África, ou sul-americanos (incluindo brasileiros, claro) como inferiores. Talvez não o declarem explicitamente, mas agem como tal.  A esses povos “inferiores” cabem, invariavelmente, as tarefas mais ingratas e sujas, que ninguém mais deseja fazer. Ou as perigosas, que põem em risco a sua integridade orgânica. Quem viaja com freqüência à Europa e é minimamente observador sabe que não estou exagerando.
O mesmo comportamento ocorre na Grã-Bretanha, por exemplo, em relação aos asiáticos; na França, com os originários do Norte da África; na Noruega, com os persas e poderia ir desfiando um rosário sem fim de povos que agem (de maneira possivelmente até inconsciente, não deliberada) com um ranço detestável de preconceito vazio e sem sentido que trazem arraigado e manifestam em suas condutas.
Ninguém fomenta, todavia, ódios impunemente. Rancor gera rancor, violência produz violência e isto é do que menos o mundo precisa na atualidade, quando se defronta com problemas gravíssimos, como a superpopulação, o estado de miserabilidade crescente de dois terços da humanidade, a degradação do meio ambiente, o desaparecimento de inúmeras espécies vegetais e animais, a poluição das águas e do ar, o acelerado e talvez irreversível aquecimento do Planeta que pode conduzir ao “efeito estufa”, a ruptura na camada de Ozônio e tantos e tantos outros que freqüentam diariamente os noticiários da imprensa.
Gente de mente doentia, que ainda cultiva preconceitos de toda a espécie e dissemina somente rancores inúteis, tem que ser segregada do convívio social. Não contribui em nada para resolver as grandes questões e ainda cria novas, sem nenhuma necessidade. Pessoas que agem assim não passam de parasitas, de homicidas potenciais, de agentes de destruição. Compete aos formadores de opinião fazerem alguma coisa para extirpar, de uma vez para sempre, essa terrível doença da alma, responsável por um dos piores conflitos que a humanidade já viveu, que foi a Segunda Guerra Mundial e, particularmente, do monstruoso Holocausto.
Por qualquer parâmetro que se meça, não há um único fato, por ínfimo que seja, que permita se classificar uma etnia como superior a outra, no que as pessoas têm de fundamental: sua capacidade de pensar. E essa verdade tão simples, cristalina e óbvia, parece ser de grande complexidade para cidadãos que se julgam muito inteligentes, geniais quem sabe e/ou então “donos da verdade”. Afinal, quem é superior a quem e por que?

EUA: Terry Jones lança-se à presidência com videoclip chocante

 

Depois de queimar o livro sagrado do Islão e de tentar invadir a maior mesquita dos EUATerry Jones candidata-se à presidência com uma campanha de choque, a julgar por um vídeo.   

O pastor Terry Jones saltou para a ribalta depois de ter queimado um exemplar do Corão, numa cerimónia que fora adiada uma vez a pedido do próprio Barack Obama. Anti-tudo-e-mais-alguma-coisa, o líder religioso e motoqueiro é o candidato à presidência de que ninguém fala. Vá se lá saber porquê.

No lançamento de um vídeo de campanha, explicou que a América precisa de voltar a ser uma grande nação. “Temos de regressar aos nossos valores morais e à estabilidade económica. Continuarei a encorajar os americanos. Vamos todos voltar a Deus e aos princípios que nos tornaram um grande país”, lê-se no comunicado do candidato.

Já depois de ter queimado o livro sagrado do Islão, Terry Jones tentou invadir a mesquita de Dearborne, perto de Detroit, a maior dos EUA. “Quero a abolição da sharia” (lei islâmica), disse, na altura, ao Expresso, que acompanhou a iniciativa. A marcha do pastor por pouco não degenerava em violência, visto que milhares de protestantes estavam à sua espera, ameaçando-o de morte.

Veja o polémico vídeo (NOTA – ALGUMAS IMAGENS PODEM SER CONSIDERADAS CHOCANTES):