Hombre no se nace

Se conoce como bacha posh a niñas nacidas en Medio Oriente que son vestidas, tratadas y educadas como varones, hasta que alcanzada cierta edad deben regresar a su rol de mujeres. Los diversos conflictos de este trayecto obligado tanto de ida como de vuelta imponen una reflexión sobre la manipulación del género y sus efectos en todos los órdenes de la vida

 

Estas imágenes fueron tomadas por el fotoperiodista sueco Casper Hedberg durante un viaje a Afganistán en 2013 y forman parte de la serie “Bacha Posh: niñas afganas criadas como varones”

Estas imágenes fueron tomadas por el fotoperiodista sueco Casper Hedberg durante un viaje a Afganistán en 2013 y forman parte de la serie “Bacha Posh: niñas afganas criadas como varones”

 

Cuando se piensa en los países de Medio Oriente, lamentablemente, ya no es Las mil y una noches ni el Kamasutra lo primero que aparece en nuestro imaginario. Por el contrario, aunque sistemáticamente confundimos todos los países de esa zona del mapa, siempre tenemos a mano el uso del burka, la lapidación de mujeres u homosexuales e incluso la práctica de la poligamia como temas para puntuar las conversaciones entre feministas y no feministas más o menos progre, y provocar, cuanto menos, un ligero arqueamiento de las cejas y alguna exclamación. Sin embargo, en los últimos años merecieron la atención de algunas teóricas del género las bacha posh: niñas con el pelo corto, pantalones anchos y ojos atentos. Gestualidad cultural específica de algunas mujeres de Afganistán y Pakistán, condenada, de más está decir, por el régimen musulmán actual.

Lo cierto es que los artículos y documentales que pueden encontrarse al respecto, sobre todo por la violenta parcialidad que despliegan, dejan más preguntas que respuestas, abren problemas más que cerrarlos tranquilizadoramente. A pesar de esto voy a intentar un acercamiento al tema y, para eso, comenzaré con una salvedad: hablar de Oriente, desde Occidente, implica reconocer, antes que nada, no sólo nuestro desconocimiento sino una diferencia inasimilable. Y tratar de comprender algunos usos culturales –sin emitir juicios de valor– exige enfrentarse, tal vez, a lo imposible.

Una temporada en el mundo varón

Bacha posh significa vestida como varón; en España también se traduce como niña-niño. Estas niñas (y ésta es una de las particularidades interesantes: más allá de todo nunca pierden su carácter de niñas/mujeres) nacen en familias donde no hay hijos y, como consecuencia, son elegidas por sus padres para saldar esa deuda: desde pequeñas deberán vestirse y comportarse como varones. Me detengo en una aclaración. ‘Vestirse/comportarse como varones’: no pretendo generalizar. A esta altura del partido sabemos que esto sólo puede ser comprendido en el marco de relaciones culturales específicas, de una matriz genérica de relaciones determinadas por el elemento histórico-social (y la moral que lo acompaña). La razón de esta práctica, probablemente, responda a dos situaciones: superstición (la imagen-presencia masculina en la familia atraería futuros hijos varones) y necesidad (ante la falta de un hijo se precisa alguien que resuelva ciertos requerimientos familiares, como ingreso económico, reparaciones del hogar, manejo de armas, acompañamiento de las hermanas en la vía pública, etcétera). También podría haber cierta dosis de progresismo porque, algunas veces, los padres vestirían a una hija de nene para que pueda hacer lo que de otro modo no podría: ir a la escuela o practicar algún deporte (de hecho, no sorprende que la mejor tenista afgana sea una bacha posh). De cualquier modo, el origen de esta práctica se desconoce, aunque Nancy Duprée recuerda una foto de principios del siglo XX en la que mujeres vestidas como varón protegían el harén (ese gran cuerpo del deseo) del emir ya que, oficialmente, el harén no podía ser custodiado por mujeres y, menos todavía, por hombres.

Las bacha posh, sin lugar a dudas, hacen (su) cuerpo de la indeterminación, la cita y la ambigüedad. El sexo no es, en este caso, lo que se materializa a través del género. Pero el género tampoco lo crea, porque la identificación con el dato biológico resiste. Vestidas como varón, haciendo un uso performático de las apariencias, a estas nenas se les abren las puertas de nuevas oportunidades: aunque en el interior del hogar se las sigue considerando mujeres, no cocinan, ni limpian; en cambio, pueden estudiar y trabajar, mostrar partes de sus cuerpos vedadas, participar de la vida pública, hacer deportes, debatir y pelear (si necesario), mirar a los ojos (desafiantes), salir solas o con varones (incluso de noche) sin necesidad de discutir con nadie, sin necesidad de rebelarse abiertamente frente al régimen patriarcal. Pero digo mal. Porque esto no implica que sean libres, ni que sus vidas estén libres de riesgos. Por el contrario: al situarse en esa fisura, en ese status intermedio que el mismo sistema habilita, constantemente lo interpelan y esto no sólo a muchxs no les gusta sino que hay quienes consideran que ellas actúan en contra de los dictados de Alá y, por eso, deben ser castigadas.

Dicho esto, me gustaría hacer hincapié en el poder de las apariencias. En el modo en que esta práctica pone en evidencia la ya tan citada performatividad del género, su no correspondencia natural con el sexo biológico asignado. Es decir, el artificio. Porque en esta historia, por lo menos en una primera instancia, el cuerpo pasa a un segundo plano: dime cómo luces –rezaría el dicho reformulado– y te diré lo que puedes hacer. Hace dos años, Azita Rafhat, una parlamentaria afgana, se preguntaba en El problema de las niñas, un documental de la BBC persa: “¿Por qué necesitamos dar a una chica la cara de un niño para darle libertad?”. Claro, cualquiera diría que esta afirmación sólo es posible en una sociedad lejana en la que los roles de género son muy rígidos y opresivos. Sin embargo, en un contexto en el que existe la Ley de Identidad de Género no podemos dejar de preguntarnos por algo que, en general, no nos gusta discutir: esa necesidad de adaptarnos al binomio mujer-varón y la negación sistemática de la ambigüedad, la multiplicidad y la no correspondencia (el casillero neutro del género) sería lo que, indiscutiblemente, nuestro sistema constantemente trata de negar. En segundo lugar, tampoco puedo evitar preguntarme por los privilegios que, en nuestra cultura, la identidad de género masculina todavía implica o conlleva.

La vuelta al pago

El problema para las bacha posh no termina ahí. En general, al rondar los diecisiete años, a quienes ya serían mujeres fértiles se les exige coherencia, reubicarse en “su” género, volverse casaderas. Y, para quienes acceden, es ésta una transición dolorosa y llena de contradicciones porque, si bien algunas de ellas consideran que actuar el género adecuado a su sexo les facilita la vida en sociedad (en este punto habría que recordar, además, que su construcción de género en tanto varones no habría sido, por lo menos en una primera instancia, una elección sino resultado de una imposición paterna y/o materna), ¿cómo olvidar los privilegios que conocieron?, ¿cómo dejar de desearlos?, ¿cómo dejar de hacer las cosas que hicieron durante toda su vida?, ¿y cómo empezar a desear aquello –ser ama del hogar, tener esposo e hijos– que nunca estuvo en su campo de consideraciones y que nunca aprendieron?

De intentar resumir el proceso, podría simplificarse en estos términos: las bacha posh comienzan siendo algo que los padres quieren que sean (como casi todxs nosotrxs responden a su deseo), pero luego pretenden continuar incluso siéndolo cuando la familia (y la sociedad) ahora lo repudia. Elegir quedarse en esa indeterminación, en ese borde de lo humano, ¿es, acaso, consecuencia de un régimen social en el que la formación de género es extremadamente jerárquica y opresiva? El querer permanecer en el género asignado, ¿se sostiene sencillamente, como las investigadoras insisten, en no querer perder los beneficios que ser varón implica o, acaso, se conmovió la estructura identificatoria y habría un repudio no explícito al dato biológico? Pero, además, y en este punto las investigaciones se mantienen en silencio, sabemos que el género y sus formas son lo que definen o delimitan el campo de lo sexual: los modos posibles e imposibles de la sexualidad y, por supuesto, las opresiones y transgresiones. Entonces vale la pregunta: ¿qué pasa con el deseo sexual de estas chicas?, ¿cómo se juegan sus proyecciones identificatorias en relación con los imperativos de heterosexualidad? Acaso el celibato que dicen corporizar, la falta de deseo sexual que dejan traslucir, no sea más que un gesto tranquilizador tanto para la cultura oriental como para la occidental.

 

INSTANTÁNEAS

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En Afganistán es una práctica común. Pero se hace a escondidas. Es imposible saber cuántas bacha posh hay.

Cuando deciden continuar su vida como varones, viven con miedo a ser descubiertas. Jack tiene 25 años y contra la opinión de su familia y a pesar de tener hermanas, decidió que nunca volvería a vestirse como mujer: “Me gusta que la gente piense que soy un chico”, explica. “No me interesan las relaciones en las que tienes un novio o una novia, o eso que en los países extranjeros creo que se llaman lesbianas. No me gustan ese tipo de cosas (…). A veces me siento sola, pero no quiero casarme. Prefiero esta vida.”

“Dentro de pocos años ella cambiará por voluntad o a la fuerza. No se trata de lo que ella quiera” (hermana de bacha posh, Miriam).

“Ser bacha posh no es malo en sí mismo. Siempre que se comporte correctamente desde el plano moral. Yo dejé a mi hija vivir como quería” (madre de Nagyr, 17 años).”

“Si mis padres me obligan a casarme, yo compensaré la tristeza de las mujeres de Afganistán y golpearé a mi marido tanto que él me llevará a la Corte cada día.”

“El problema con lxs bacha posh es que, simplemente, no saben cómo comportarse como mujeres. No saben actuar como esposas, no saben usar el burka. Tampoco saben cocinar o bajar la mirada (…). El hecho desafortunado es que las bacha posh existen en la vida real, pero no son reconocidas oficialmente por el Estado. No hay leyes que protejan a estos miembros ‘fantasma’ de la sociedad.” Fuente Página 12/ BBC Persa

Las “bacha posh”, porque es una vergüenza de ser mujer

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Niñas, las más vulnerables del planeta

 

 

 

Por que tanto homem se fantasia de mulher? As virgens de Olinda

Virgens de Olinda

Virgens de Olinda

O Carnaval de Pernambuco é aberto pelas Virgens de Olinda, uma semana antes da data oficial.

O bloco foi fundado em 1953, e dele só participam homens travestidos de mulher. O Bloco Carnavalesco Anárquico das Virgens de Olinda foi fundado pelos frequentadores da orla marítima. Uma brincadeira que começou com 28 amigos que jogavam futebol fantasiados de mulher, e não pára de ganhar adeptos.

É durante a aparição das virgens em Olinda que homens vindos de várias partes do Brasil incorporam personagens femininos, e desafiam-se no concurso de fantasias irreverentes: a virgem mais dengosa, mais sapeca, mais charmosa e a mais velha.

Já considerei o bloco de homofóbico, porque os 28 decretaram  proibidos de participar: os gays, bi e travestis.

Até mudou o nome para Bloco das Virgens de Verdade.

Por que tanto homem se fantasia de mulher?

Botar peruca, maquiagem e salto alto no Carnaval serve para exorcizar a fragilidade masculina do dia-a-dia

Eles quase sempre se fantasiam de periguete. Por que é tão divertido assim? (Foto: Monica Imbuzeiro/ O Globo)

Eles quase sempre se fantasiam de periguete. Por que é tão divertido assim? (Foto: Monica Imbuzeiro/ O Globo)

por Ruth de Aquino/ Época

Eles são héteros, muito machos, mas no Carnaval soltam a franga. Essa expressão significa “desinibir-se, geralmente assumindo um lado feminino, alegre”. Não é novidade, e acontece no Brasil inteiro. Eles não se fantasiam de mulher discreta. Precisa ser vulgar e desejável. Salto alto, seios pontudos, maquiagem pesada, decotes… e rebolation. No Bloco das Piranhas ou no Bloco das Virgens, nosso vizinho circunspecto fica irreconhecível até a Quarta-Feira de Cinzas. É tão divertido assim ser mulher?

Não existem blocos de mulheres fantasiadas de homens. Se a mulher quiser se desreprimir, a última fantasia será a de homem. “Mulher já pode se vestir de homem no dia a dia, usar calça comprida, camisa social, mocassim…e ninguém põe em dúvida sua sexualidade. Já o homem…”, diz o psiquiatra Luiz Alberto Py. “Quando Gilberto Gil e Caetano Veloso apareceram de pareô, a reação foi supernegativa. Em 1956, um artista plástico, Flávio de Carvalho, fez um desfile com homem de saia no Viaduto do Chá, em São Paulo, e foi vaiadíssimo.”

Minissaia, vestido de alcinha, frente única, tomara que caia, sandália, shortinho. É tudo ótimo no calor. Mulher tem um enorme leque de variações no vestuário. Homem é mais conservador. As novidades na roupa masculina desde os anos 60 foram a bermuda, a bata e a camiseta regata. Mesmo assim… Vários lugares noturnos e restaurantes admitem mulher de sandália, mas homem não. Mulher de short sim, mas homem de bermuda não.

Mas a roupa é só o visível. A fantasia de piranha desnuda outras fantasias. “O Carnaval é um rito profano e sagrado. O homem se veste de mulher porque quer ser mais afetivo de maneira escancarada, sair beijando todos, de qualquer sexo. Homem afetivo, nos outros dias do ano, é coisa de gay”, afirma o psicoterapeuta Sócrates Nolasco. “É um contraponto. Um momento do ano em que ele não precisa afirmar sua masculinidade. Mulher pode ser afetiva, carinhosa, extrovertida, dada, e nem por isso será tachada de ‘piranha’.”

Não se duvida que uma mulher seja mulher. Ela pode até ter relações amorosas ou conjugais com outra. Continua sendo mulher, caso não imite machos. Ela pode beijar amigos e amigas, abraçar, fazer carinho publicamente. Isso não fará dela “piranha” ou lésbica ou mesmo bissexual. A mulher pode, no trabalho, assumir atitudes estereotipadas masculinas – isso não fará dela um homem. O inverso é mais complicado.

É como se esses homens que se equilibram com pernas cabeludas sobre saltos altíssimos aproveitassem o Carnaval para exorcizar sua dificuldade de mostrar afeto ou fragilidade no dia a dia. Tudo é permitido porque é fingimento. No filme Se eu fosse você, em que Tony Ramos e Gloria Pires trocam de alma e papéis, as plateias o acham muito mais engraçado que ela. Porque Tony Ramos não se comporta exatamente como a sua mulher no filme. “A compulsão por futilidades e os trejeitos exagerados lembram mais o comportamento de um gay afeminado”, diz Nolasco. Para virar homem, Gloria Pires fala grosso, não abaixa a tampa do vaso e faz embaixadinhas – ela muda bem menos.

Os homens que se fantasiam de mulher para zoar à vontade fazem do Carnaval uma catarse de seus fetiches. Claro que só saem em bando. Coisa de macho mesmo. Porque sair sozinho vestido de mulher pode dar origem a outras interpretações.

“Todos, homens e mulheres, temos um lado homossexual”, diz Py. “A sexualidade é uma limitação brutal. A percepção de que a gente pertence a um sexo significa não pertencer ao outro, o que de certa forma nos rouba uma parte da humanidade. A mulher tem uma versatilidade comportamental muito maior. O homem não pode nem fazer carinho em outro homem. O Carnaval é a transgressão inocente, o liberou geral para desfrutar seu lado feminino sem perigo.”

Simpatizo com esses bandos de homens fantasiados de mulheres fálicas em tantos blocos espalhados pelo Brasil. Por um instante, eu me lembro de Freud. O pai da psicanálise dizia que a mulher sentia inveja do pênis. Não seria o contrário?

* Esta coluna foi escrita e publicada por mim na revista há exatos 4 anos, no Carnaval de 2010. Ontem, um francês me perguntou, em Paris, onde estou, fugida dos tamborins, por que tanto homem machão e cabeludo brasileiro se fantasia de mulher nos blocos de rua. Lembrei-me desse artigo e decidi republicá-lo. Continua atual.

 

Secretos de los disfraces de la Gran Parada de Comparsas del Carnaval

Tradicionales marimondas, en el desfile de la Gran Parada de Tradición, em Bogotá.  Foto: Carlos Capella / EL TIEMPO

Tradicionales marimondas, en el desfile de la Gran Parada de Tradición, em Bogotá. Foto: Carlos Capella / EL TIEMPO

 El simbolismo de las plumas, las lentejuelas y maquillaje en general

por Alberto Salcedo Ramos

Digámoslo sin rodeos: los seres humanos creamos el carnaval para legitimar el derecho a disfrazarnos y, de ese modo, descansar un rato de nuestros propios rostros. Ricardo Rodríguez podría suscribir tal hipótesis.

Durante 361 días al año es un peluquero introvertido que paga oportunamente los servicios públicos y expresa su homosexualidad de manera moderada. En los cuatro días de la fiesta, animado por la disolución de las normas sociales, se transforma en una hembra bullanguera de ancas grandes. Entonces, ataviado con su pollerón de vendedora de frutas –la piel ennegrecida con betún, los labios pintarrajeados de morado– recorre las calles zarandeando el cuerpo al ritmo de la cumbiamba.

Al maquillarse y enfundarse en su falda larga, Rodríguez se pone a tono con la picaresca típica del Carnaval de Barranquilla. Y se emancipa del papel de sujeto apocado que le impone la rutina. Curiosamente, la mujer negra en la cual se convierte, aunque es un personaje construido para la farsa, le permite cumplir un deseo reprimido desde la infancia. Las caretas –ya lo decía Oscar Wilde– resultan a menudo más reveladoras que las caras. Quienes las usan no se encubren: se muestran. Todo ser enmascarado está habitado por la criatura a la cual pretende imitar con su disfraz.

La oruga arrinconada que es Ricardo Rodríguez durante sus días de peluquero contiene a la mariposa expansiva en la que se transmuta cuando empieza la fiesta. En tiempos de carnaval es común volverse lo contrario de lo que se es: el mendigo se viste de rey, el timorato blande una espada, el virtuoso se pervierte, el lampiño se torna barbudo, el conejo ruge como león.

El hombre que adopta un rostro ajeno no renuncia al suyo propio: tan solo lo reafirma. Esto es posible porque el artificio, en la medida en que distorsiona la apariencia física, deja al descubierto las fantasías más íntimas.

Ahora bien: al enmascarado le importa poco que sus pasiones secretas se transparenten a través de la careta, pues a fin de cuentas lo único que él quiere esconder es su fachada. Escudado en el capuchón, el hombre adquiere el anonimato necesario para desinhibirse y realizar, impunemente, ciertos actos que no se atrevería a llevar a cabo si tuviera el rostro descubierto. Para empezar, puede confrontar, como ya dije, a sus demonios interiores.

Asumirlos, sacarlos a flote. Puede, además, denunciar al jefe corrupto, festejar el traspié del vecino arrogante, desear a la mujer del prójimo. El disfraz libera y, después, concede licencia para la transgresión. El tigre de Bengala y la osa malaya que en el baile de máscaras se acarician impúdicamente, quizá sean dos conocidos nuestros que se aprovechan de la ocasión para cometer a mansalva una infidelidad.

Como en las fiestas dionisiacas de los griegos, en el Carnaval de Barranquilla mucha gente falsifica su identidad para pecar sin preocuparse y, en consecuencia, alcanzar la purificación.

Entre los disfraces ingeniados por los barranquilleros con el propósito de camuflarse, ninguno tan hermético como el de ‘Monocuco’. La ancha túnica de satín borra las formas del cuerpo, por lo cual es imposible saber si quien va adentro es un hombre o una mujer.

Luego, para tapar el rostro, están la capucha y el antifaz. Según la leyenda, este disfraz fue hecho a la medida de los señores ricos que se adentraban en los barrios marginales de la ciudad para retozar en el catre de algunas muchachas pobres.

Había que proteger el anonimato costara lo que costara, y tal vez por eso el ‘Monocuco’ lleva en las manos, desde sus orígenes, una vara para espantar sin contemplación a los indiscretos. Al atrincherarse en el traje de ‘Monocuco’, el individuo se siente seguro, invulnerable. Tan especial ha sido este disfraz para el imaginario colectivo, que los jerarcas de la Real Academia de la Lengua Callejera lo establecieron para denotar el estado anímico de quien se considera a salvo. No es gratuito que, cuando a un barranquillero de la vieja guardia se le pregunta si todo en su vida marcha bien, responda:

–Sí, todo bien, todo ‘monocuco’.

* * *

La careta y el ropón de raso son tan solo la expresión material del disfraz. Pero, más allá de tales piezas, el Carnaval es una gran mascarada. En los cuatro días que dura la fiesta todo se vuelve simulación, parodia. Subvertido el orden del universo, los preceptos son letra muerta. La vida es, entonces, una chifladura monumental, en la cual se tornan normales los sucesos que durante el resto del año resultarían inauditos.

La gallina hostiga al zorro, el pez chico se come al grande, el simio se aparea con la jirafa, el blanco se cimbrea con el tambor del negro, el mendigo corteja a la princesa, la monja conduce una ambulancia, los policías llegan a tiempo, el magnate paga sus impuestos, el constructor responde por las casas que vendió y que luego se desmoronaron, Bill Clinton es el marido más fiel, Hugo Chávez gana el casting para reemplazar a Cantinflas, Tarzán se casa con Chita, Batman y Robin admiten que son amantes, el Coyote captura por fin al Correcaminos, Supermán sobrevive a la kriptonita, don Ramón le devuelve la bofetada a doña Florinda.

La alteración del orden preestablecido obedece, en parte, a la intención de hacer reír a la gente, lo cual se consigue, frecuentemente, mediante los retruécanos más simples: el patrón anda a pie mientras el jornalero conduce el Ferrari; el butifarrero es un mujeriego infalible en Hollywood, mientras Brad Pitt suda la gota gorda vendiendo empanadas en el paseo Bolívar.

En ocasiones, la hilaridad del público no se logra trastrocando el destino acostumbrado de los elementos, sino exagerando, mediante la representación cómica, los mismos sucesos de siempre: Atlético Junior no puede poner en práctica la prueba de alcoholemia porque sus indisciplinados jugadores se encuentran tan atiborrados de licor que la sangre se les evapora en las jeringuillas. También hay comedias sobre los arroyos que en las épocas de lluvia atormentan a los habitantes y sobre el tendero de barrio que adultera la báscula. De repente, los problemas cotidianos, enfocados desde la perspectiva de la burla, ya no provocan penas sino jolgorio. El Carnaval es eso, precisamente: un acontecimiento en el cual se suspende el tiempo de los lamentos y se desata el del gozo. Sin embargo, va mucho más allá del mero hedonismo: abre espacios para que el pueblo exprese su inconformidad y ejerza el derecho a la crítica.

Las calles, transformadas entonces en un inmenso teatro al aire libre, permiten escenificar el saqueo de las arcas públicas, señalar al político bandido. No es casual que las marimondas, esas figuras socarronas de narices fálicas y orejas de elefante, hagan sonar sus estridentes pitos –conocidos con el gráfico nombre de ‘pea pea’– justamente cuando se tropiezan en el camino con ciertos personajes nefastos de la ciudad.

El carnaval es una mascarada de principio a fin –dije– porque en él todo se vuelve disfraz, incluso el lenguaje. Antes y después de esta fiesta, la palabra asalto es sinónimo de “atraco a mano armada”, y tan solo se usa para hablar de la inseguridad urbana. En carnaval significa que algunos amigos han invadido sin previo aviso la casa de un compañero para realizar una pachanga.

Antes y después de esta fiesta, un decreto es un comunicado que oficializa cierta decisión –casi siempre fastidiosa– del gobernante de turno. En carnaval es el discurso jocoso que pronuncia la reina para contagiar de alegría a sus conciudadanos. Durante estos cuatro días de arrebato colectivo la realidad entera, con todos sus seres y enseres, resulta trocada por la farsa: se enmascaran los rostros, se camuflan los cuerpos, se transforma el idioma. El cosmos, en términos generales, queda envuelto en una gran máscara que lo distorsiona.

Los seres humanos apelan a esta ficción para ayudarse a soportar los desencantos de su realidad cotidiana. Inventamos las novelas para poder resistir las noticias. Bien decía François de la Rochefoucauld, en uno de sus célebres epigramas, que ni el sol ni la muerte se pueden mirar fijamente.

El carnaval le permite al hombre darles una ojeada oblicua a sus propios conflictos. El zapato que nos aprieta a lo largo del año, al ser puesto de revés durante los carnavales se convierte en motivo de risa. Lo que antes era congoja, en carnaval es argumento para la picaresca.

Entonces nos resulta posible contemplar el sol sin encandilarnos. Con la muerte sucede lo mismo: antes de la fiesta aparecía en nuestros pensamientos como una señora hosca y temible; ahora es un personaje juguetón, que se entrevera con nosotros, sin intimidarnos, en cada desfile callejero.

Por eso el Carnaval es catarsis. Nos depura, nos alivia. Nos predispone para enfrentar, con las energías renovadas, los 361 días de rutina que comenzarán el Miércoles de Ceniza, veinticuatro horas después de la conclusión de la fiesta.

Cuando nos quitemos las caretas y descorramos la gran máscara que le pusimos a nuestra propia realidad, nos toparemos de frente con las mismas contrariedades de siempre: la intolerancia, el desamor, las deudas, las tareas aplazadas, las fragilidades del cuerpo, los pesares del alma, los miedos. Menos mal que dentro de un año, cuando nos enfundemos de nuevo en nuestros disfraces, la vida volverá a ser una fiesta. Descansaremos de nuestros rostros, convertiremos a la muerte en una marioneta inofensiva y nos animaremos a contemplar el sol que, a pesar de todo, todavía

Alberto Salcedo Ramos, Premio Internacional de Periodismo Rey de España, Premio Ortega y Gasset de Periodismo y Premio a la Excelencia de la SIP. Cinco veces ganador del Premio Simón Bolívar. Especial para EL TIEMPO, publicado hoy