El último viaje de Miguel Hernández

El legado del poeta descansará en Quesada (Jaén), donde será expuesto dentro de la ruta de los poetas andaluces, tras su ruptura con el Ayuntamiento de Elche

La herencia de Miguel Hernández ya prepara las maletas para su último viaje. Desde la caja fuerte de un conocido banco catalán el legado del poeta se mudará a Quesada, una pequeña localidad de Jaén de apenas 6.000 habitantes donde nació Josefina Manresa, la mujer del poeta. Las negociaciones entre el Ayuntamiento jiennense, los herederos de Hernández y la Diputación están muy avanzadas y sólo faltan por concretar algunos aspectos del régimen económico y el visto bueno final de la Junta de Andalucía. “Es el mejor destino para la memoria de Miguel. Está claro que no puede seguir como está ahora y ésta es la salida más segura”, explica Lucía Izquierdo, nuera de Miguel Hernández, aPúblico.

La búsqueda de un nuevo destino para la memoria del poeta comenzó el pasado 17 de octubre cuando el Ayuntamiento de Elche (Alicante), gobernado por el Partido Popular, rompió de manera unilateral el convenio que unía el legado a la ciudad desde hacía más de 20 años . La alcaldesa ilicitana, Mercedes Alonso, esgrimió la crisis económica como causa de la ruptura y acusó a la familia de recibir tres millones de euros de las arcas municipales. “A Miguel Hernández la derecha lo mató una vez y ahora lo ha vuelto a asesinar. Detrás de la decisión del Ayuntamiento no hay más que motivos ideológicos y el resto son acusaciones falsas. Nos sentimos humillados, ofendidos y traicionados” , confesó Lucía Izquierdo a este diario el pasado octubre.  El convenio económico, al que tuvo acceso Público, incluía la cantidad de tres millones de euros, pero no para la familia, sino para la fundación que debía gestionar el legado durante un período de 20 años.

 

 

Laura Campmany: verso entero y verdadero

 

Su poemario «El ángel fumador» es uno de los grandes títulos de 2012

MANUEL DE LA FUENTE/ MADRID

Laura Campmany no lo puede evitar. Aunque se dejara la vida en ello no lo conseguiría. No, no lo puede evitar, Laura escribe como nuestros clásicos, con Lope a la cabeza. Y ya saben ustedes quiénes son los clásicos, los verdaderamente modernos, los que siempre están en la vanguardia, los que más genuinamente resisten el paso del tiempo sin oxidarse.

Laura Campmany escribe a la clásica manera con la misma naturalidad con la que sale el sol todos los días. Le nacen los versos así, pulidos, luminosos, sin aspavientos, sin excesos, como mana el agua de las fuentes, o como el gorrioncillo levanta el vuelo.

Y hasta cierto punto, Laura es avis, y hasta si me apuran rara avis. Para empezar, su nido está en el cogollo de las coles de Bruselas, allá en la Unión Europea, donde ejerce de traductora desde hace un puñado de años, antes, mucho antes de que la señora Merkel pusiera al Viejo Continente a marcar el paso de la oca económico.

Ni grupos ni grupúsculos

Quizá la distancia le ha aclarado la mirada y las entendederas para no dejarse camelar por grupos ni grupúsculos y para hacer, poéticamente, lo que, periodísticamente hacía su padre, el maestro don Jaime Campmany, es decir lo que le sale de las líricas narices. Por eso su verso es tan verdadero. Sin contaminaciones. Sin retorcimientos. Sin corsés, porque tienen un talle divino y una cintura de avispa.

Laura Campmany: verso entero y verdadero

Portada de «El ángel fumador»

Laura, además, tiene un humor (¿de dónde le vendrá?) un poco puñetero, esto, un punto quevedesco, un poco como de meter el dedo en el ojo. Por eso su último libro tiene un título tan políticamente incorrecto,«El ángel fumador» (Ed. La Isla de Siltolá). Por eso las bocanadas clásicas de sus versos se leen con el gustazo que uno sentía cuando por ejemplo leía aquello de la «Ausencia» del Fénix de los Ingenios, el padre de Lopito: «…arder como la vela y consumirse / haciendo torres sobre la tierna arena; / caer de un cielo, y ser demonio en pena, /y de serlo jamás arrepentirse». La emoción del amante de la poesía, ese francotirador (enamorado) de la lectura.

Laura Campmany escribe como si fuera un trovador al pie de una muralla, como si hubiera encargado recado de escribir, con ese ritmo y ese cascabeleo que lo son todo en poesía. Parece fácil. Pero es un don.

Tributo al poeta Ramón Rodríguez

En el marco de la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU) 2012 de la Universidad Veracruzana, se presentó la colección “Cuartel de Invierno” de la Editorial de esta casa de estudios, que busca rendir homenaje al poeta Ramón Rodríguez, en el foro al aire libre de la Casa del Lago UV.
En la presentación de esta colección dedicada a libros de poesía y sobre poesía, que toma su nombre de uno de los títulos emblemáticos de Ramón Rodríguez, estuvieron presentes el propio homenajeado.

Rafael Antúnezprecisó que Ramón Rodríguez es autor de una obra que se reduce a siete títulos, publicados en un espacio de 50 años. “El hecho de que todos sus libros se editaron en Veracruz, y de que Ramón sea dueño de la más rara cualidad que un escritor puede tener: una verdadera aversión por cualquier tipo de publicidad, hicieron que no fuera conocido más que por un pequeño pero ferviente círculo lector”.

“El poeta es un músico de la palabra”: Ramón Rodríguez

por Xóchitl Partida Salcido

Hacerle una entrevista a Ramón Rodríguez es fácil y no. Fácil porque es generoso y amable. Muchas veces te da la razón con un: “como usted bien apunta”; y difícil porque no sabes si te dice eso por su generosidad, o para darte por tu lado. De cualquier forma, durante la charla uno se ríe mucho y la disfruta porque el poeta sigue el camino del humor, se relaja y se divierte mientras contesta las preguntas.

En el prólogo a La navaja de Ocam, poemario de Ramón Rodríguez (Córdoba, Ver. 1928) editado por el IVEC en 1998, Esther Hernández Palacios dice:

Ramón no es un poeta paisajista, su discurso poético es el paisaje. En su rítmico fluir utiliza, sin temor, es decir, con absoluta libertad todos aquellos recursos que encuentra a su paso, siempre y cuando le permitan conseguir su principal objetivo: acceder a la música. Sonido y sentido discurren a veces linealmente, otras marcando un alterado cauce; que tan pronto se yergue y se transforma en creciente huracán, o un alterado sereno, al ritmo de una ronda o una pavana.

Yo, como no soy especialista en poesía, sólo diré que el descubrimiento de la obra de Ramón Rodríguez es para mí una alegría: la de encontrar un lenguaje poético fresco, ingenioso. Leer algún poema de Rodríguez fue la pausa agradable en un agitado día de trabajo. Mi oído disfrutó porque su poesía suena, y mi alma gozó porque a partir de los materiales más triviales y cotidianos como un perro o un gato, el poeta ejecuta la quimera del lenguaje y los convierte en poesía.