“No hay odio que en el extremo no se transforme en farsa”

En El reglamento, el escritor Pablo Farrés pone en acto el genérico reglamento como un dispositivo legal que en cualquiera de sus variantes jerarquiza, ordena, regula y evalúa el funcionamiento institucional y quiénes son dignos o indignos de habitarlo, de manera tal que dictar una ley o la imposibilidad de hacerlo representan las dos caras de la misma disciplina, del mismo terror.

por Pablo E. Chacón/ Télam

O regulamento

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, está centrado al interior de una escuela donde un posible reglamento pondría cierto orden a la sucesión de transgresiones que en rigor representan a un universo mucho más amplio.

Farrés nació en septiembre de 1974; vive en La Matanza, estudió filosofía y publicó El punto idiota, Literatura argentina y El desmadre.
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T: El reglamento ¿es anterior o posterior a El desmadre? En cualquier caso, ¿cuál es el punto que podría conectar a ambas novelas?
F: Estas dos novelas las fui escribiendo juntas, con algunas otras tonterías que quedaron en el camino. Me resulta difícil escribir una sola cosa, básicamente porque siento que nada por sí sólo vale la pena. Siempre me gustó la idea de que no se escriben libros sino obras. La obra implica una continuidad pero hecha de discontinuidades. Frente a esta idea aparece el argumento de libros que valen por sí mismos, o escritores que escribieron un sólo libro. Me parece muy bien, pero no veo contradicción: un libro también puede ser toda la obra. Igual insisto con lo anterior, me parece que hay cierto fetichismo del libro, ciertos golpes de efecto que se concentran en un solo libro, y que lo presentan como un producto más que una producción. Hay autores de los que no me importa si escribieron un libro bueno o malo sino la persistencia en el producir. Cerebros y sensibilidades que funcionan como máquinas de producir lenguajes y narraciones. Y respecto a lo que tienen en común: las une el malentendido. El desmadre fue escrita desde el amor y leída desde el odio; en cambio, El reglamento fue escrita desde el odio y leída desde el amor.

T: El genérico novela, ¿corresponde estrictamente a lo que hacés?
F: Yo creo que son novelas, pero novelas significa casi cualquier cosa. En el fondo, la definición de géneros es algo ajeno a la literatura, por lo que poco importa qué es lo que se está leyendo.

T: Por ejemplo, ¿qué representa El reglamento si es que representa algo?
F: El libro trata del director de una secundaria que imposibilitado de escribir el reglamento de su escuela le escribe una carta al ministro de educación del Régimen. ¿Cómo se cuenta la imposibilidad de la ley?, ¿con qué ley se escribe que la ley es imposible?, esas son las preguntas con las que la narración trabaja. (Walter) Benjamin, (Carl) Schmitt, (Giorgio) Agamben, (Jacques) Derrida y otros más trabajaron mucho sobre esto. Problematizan la relación entre la ley y la vida tomando como paradigma más o menos explicito los campos de concentración. Pero, no sé, me parece que perdieron algo más prosaico pero no menos aterrador. No hay escuela, por más modernosa y canchera que sea, que no defina, decida y separe, una vida buena de una mala, una vida digna de ser vivida y una indigna de ser vivida. La educación trabaja con eso todo el tiempo, desde las evaluaciones hasta la circulación de la palabra. Pero eso debe formularse y se formula en reglamentos. Y porque son aterradores, los reglamentos terminan resultando muy graciosos -es difícil leer de otro modo el terror.

T: El reglamento como un imperativo categórico que produce efectos, pero que destroza a la debilidad. ¿Podría pensarse como un sistema de poder transgresor, supuestamente antijerárquico pero obligatorio sin serlo?
F: Me preguntas por la transgresión y me parece que esa es la cuestión más importante. Parto de la base de que no hay transgresión posible, ni estética ni política. Y eso no significa ningún nihilismo, sino todo lo contrario. La transgresión y la ley responden a una misma lógica. Se llaman, se penetran y se confunden en una misma cosa. El problema de la ley no es la transgresión sino la ausencia de toda transgresión. Eso es lo que trabaja el libro. La ausencia de transgresión pone a la ley ante su propia inutilidad. La borra pero no transgrediéndola sino cumpliéndola de modo radical. En un régimen político en el que se cumpliera de forma absoluta con la ley no habría ley. Sin un mínimo asesinato, el mandamiento no matarás sería letra muerta. Sería lo mismo que la constitución diga que desde ahora en adelante es obligatorio que los árboles florezcan en primavera. ¿Para qué se impone el florecimiento si ya está dado más allá de la ley escrita? Pero ese es el sueño de todo régimen político, que la ley sea la vida que la misma política define. En las escuelas se cumple de modo casi total. Ahí es donde aparece el sueño político a pleno. En definitiva las escuelas nacieron para decidir sobre los detalles que hacen que una vida sea digna de ser vivida. Incluso en el abandono: cuando la escuela abandona al alumno le está diciendo esa es tu condición, esa será tu ley. Pero claro está, si la ley que legitima la existencia de una política se vuelve inútil, entonces la ley se transforma en literatura. Son las dos caras de la moneda: la política sueña que la ley se haga vida; la literatura sueña transformarse en la palabra muerta de una ley inútil. Uno elige de qué lado está.

T: ¿Puede ser la literatura una especie de máquina, de dique contra el poder, contra la memoria impuesta, contra una forma de entender al mundo si damos crédito a aquello de que la experiencia del mundo es la experiencia con el lenguaje?
F: Yo quería escribir un libro a partir del odio, de un odio desmesurado. Pero en el medio me encontré con algo que cuido para mí mismo como si fuese una revelación: no hay odio que en el extremo no se transforme en farsa. El odio que llega a su propio extremo sólo encuentra su propia aniquilación, ni siquiera es mi propio odio, es el odio de nadie y para nadie. Si hay conciencia del odio es porque todavía no hay verdadero odio. Tengo que desaparecer yo para que el odio exista como tal, es decir, como pura y muda intensidad condenada a su aniquilación. Entonces, sólo queda la farsa del odio: hay que sostenerlo actuándolo, impedir que encuentre su límite último, invertir en el teatro montado, hacer de payaso para el otro y para uno mismo. Lo mismo ocurre con el dolor. Sólo payasadas. Pero claro, el teatro y la farsa del odio y el dolor están buenísimos: se llaman literatura. Esto no es ajeno a la novela sino central. Más bien es aquello mismo a lo que lo condenan al narrador, y que yo sólo me apropio. Porque ¿qué es lo que le da fuerza a la palabra de la ley, qué mueve a escribir un Reglamento -así, con mayúsculas, un Reglamento escolar, un Reglamento político, un Reglamento literario, o un Reglamento de vida-, sino el odio a la vida? Pero como decía antes, la mayoría de las veces sólo se trata de la farsa del odio. A eso llaman política, pero por eso también es posible la literatura.

EL ÁRBOL DE JASÓN

Portinari

Portinari

 

Por las mañanas suelo acompañar a mi hijo de nueve años al colegio. Un corto paseo que disfruto de compartir con él y que nos ofrece a los dos un mutuo buen humor para afrontar el día, a veces charlando de modo divertido – él es muy locuaz contándome con sumo detalle anécdotas de su universo; me fascina poder interpretar su percepción de nueve años de edad y le hablo sin adoptar con él ese modo de hablar que, en ocasiones, adoptamos los adultos con los niños, como si en vez de niños fuesen tontos; hablamos contagiándonos madurez y niñez el uno al otro, cosa que veo necesaria para los dos – o caminando en silencio, abrigados del frío otoñal, cogidos de la mano y dándonos de este modo nuestro cariño, un amor que no es equiparable, que mantiene diferencias de calidad: el tipo de sentimiento que mi hijo despierta en mí, él lo sentirá hacia el suyo propio en el caso que se decida por la paternidad cuando sea adulto; no es el mismo tipo de amor el de hijo-padre que el de padre-hijo. No es una cuestión de que sea mejor o peor, sólo es diferente y ofrece diferentes cosas del uno hacia el otro; pero nos sabemos unidos de un modo que está mucho más allá de las palabras.
 Hoy, tras cerrar la puerta de nuestra vivienda y comenzar nuestro paseo, me ha preguntado si conocía el árbol de Jasón. Pensé que se trataría de alguna leyenda mítica que le hubiesen referido en la escuela o de alguna especie botánica que igualmente desconocía. Le dije que estaba deseoso por conocer de que se trataba. “En la entrada del colegio, en el jardín, hay un pequeño árbol, protegido por una valla metálica que lo rodea y sembrado de flores alrededor. Delante tiene puesto un pequeño letrero agarrado a un hierro que se hunde en la tierra en el que se lee: “árbol de Jasón” y debajo, en letras más pequeñas pone “te quiero, papa”. “Le pregunté a un compañero de clase por el motivo de este árbol y me contó que hace unos pocos años en el parking del colegio un niño murió atropellado y que fue su padre el que plantó el árbol”.
Me quedé dubitativo ante como expresar mi tristeza y le pedí a mi hijo que cuando llegásemos a la escuela me mostrase el árbol; que era una historia muy triste, de ese tipo de cosas que pasan cuando una serie de nefastas coincidencias, tal vez también negligencias, se dan cita en un breve instante con dramáticas consecuencias. “¿A que te refieres?”, me preguntó. “Me refiero a que no habría intencionalidad por parte de nadie en que sucediese ese trágico incidente; podría haber sucedido de un modo similar a éste, imagina: el niño se suelta de la mano de su padre y va corriendo a decirle algo que ha olvidado a un compañero que se dirige por medio del parking con su madre para subir al coche. Y en un fatídico instante un conductor, quizá algo estresado porque se le va a quemar la comida que dejó en el fuego, arranca impetuosamente marcha atrás sin ver al niño por el espejo retrovisor. El resultado de esas coincidencias en ese breve segundo son lo que me acabas de contar”. “Si, entiendo, pero, “¿qué es eso de la negligencia?”. Bueno… tal vez debería haber estado alguien controlando que ningún niño  atolondrado corriese por el parking en el momento de la salida, cuando hay tanto trasiego de autos maniobrando. Una negligencia es un descuido o una omisión del deber que puede traer, como en este caso, graves consecuencias”. “Ah, vale, creo que debo estar atento ante estas cosas ¿verdad?”. Si, muchas veces los accidentes se pueden evitar si se está atento y no se mantienen actitudes negligentes”.
Cuando llegamos al colegio me condujo hasta el árbol de Jasón y ahí nos despedimos. Marchó hacia la fila donde debía colocarse para entrar de modo ordenado en el edificio.
Frente a mí un pequeño magnolio, tal y como mi hijo me había contado, vallado con una tela metálica verde sembrada en su perímetro de rosales que, en esta época del año, mediado el otoño, mostraban unas pocas flores de distintos colores. El letrero me conmovió. Un pequeño rectángulo metálico en el que, pintadas sobre fondo blanco, se leían  unas letras de color naranja pintadas a brocha con trazo torpe: “ÁRBOL DE JASÓN”, y debajo con letras negras y una brocha más fina: “Te quiero, papa”.
Me estremeció imaginar la escena del hombre deshecho garabateando con el pulso roto las letras en el cartel; verlo yendo al vivero a comprar la planta y cavando a continuación con la azada el agujero donde iba a depositar la memoria eterna de su hijo muerto. Por momentos me puse en la piel de este hombre; pensé en mi hijo, en nuestra felicidad y me aproximé a su desdicha. No puedo decir que lo sentí como en carne propia por que sería un acto irrespetuoso hacia él; esto sólo se puede conocer en verdad viviéndolo, pero me encontré muy cercano a ese profundo pesar y sentimiento.
Retomé el camino de vuelta a casa. Mientras caminaba mudó mi sensibilidad y comencé a sentir rabia, ira e impotencia. Hay muertes que se sufren más que otras. En mi opinión, cuando alguien se va porque su vida se ha agotado y ha cumplido las dos tareas básicas que, a mi entender, debe cumplir todo ser humano, (una subjetiva, y la otra objetivable: pasar una buena existencia sin que ello suponga hacer daño o crear dolor a los demás -tarea subjetiva – y conseguir poner los medios y esfuerzos suficientes para que los hijos también puedan conseguir la primera tarea – este es el trabajo objetivo – y, de paso, de este modo, dejar como herencia al planeta buenos hijos, tan importante como el asunto contrario) puede causar mayor o menor pesar, pero es el fin al que todos hemos de llegar. Cuando muere una persona joven es distinto; es simple, no ha podido cumplir ninguna de las dos tareas; pero cuando muere un niño es todavía más triste, no hay lamento que pueda jamás acallar ese aullido del corazón.
De aquí venían mis sentimientos antes mencionados, recordando cada vez que leo el periódico o escucho en un noticiero las barbaries ocasionadas en cualquiera de los muchos conflictos y dan las cifras de muertos, unas veces más elevadas, otras menos pero todas igualmente atroces, y siempre rematan la cantidad diciendo “y tantos (x) eran niños”.
Ira. No importa de donde vengan las calamidades, si vienen producidas por trastornados ebrios de religiosidad o si vienen de bombardeos producidos por las potencias occidentales para defender los intereses geopolíticos y económicos de su oligarquía, o como se dice ahora, plutocracia.
Rabia. Siento rabia al ver a todo el mundo tragándose las argumentaciones que los políticos exhiben para justificar lo injustificable, y mirar para otro lado, con la sangre fría, eso no va conmigo.
Impotencia. Si, desearía que toda esta gente a la que he descrito antes se dedicará a plantar árboles como el de Jasón en lugar de sembrar sangre y bombas enterradas entre cifras macroeconómicas y argumentos hipócritas de salvaguarda de la civilización, tildando de antisistema a todos aquellos que de una manera más o menos activa y organizada luchan contra todas estas barbaridades.
A las dos de la tarde fui a recoger a mi hijo al colegio. Normalmente no suelo hacerlo, viene en grupo, acompañado de otros escolares que residen cerca de nuestra casa, pero necesitaba cogerlo en brazos, darle un beso muy fuerte y pasear con él. Necesitaba con urgencia que me contagiase su alegría indisoluble.
Llegué unos minutos antes de que los niños saliesen vociferando y riendo de sus jaulas. Me acerqué de nuevo al árbol de Jasón. Un hombre se encontraba frente a él y le arrojó en la base un pequeño ramo de flores. Me puse a su lado y lo miré con condescendencia, como queriendo compartir su duelo. Le dije: “lamento profundamente lo de su hijo; el mío me contó hoy la historia y este árbol me ha acompañado durante toda la mañana, lo lamento de veras…”
Me miró. La humedad, preludio de un llanto contenido, asomaba en sus ojos y con voz grave y temblorosa me dijo: “no es mi hijo; yo atropellé a Jasón”. Hizo un gesto de gratitud por mis palabras, sacó unas pequeñas tijeras de podar y se dedicó a quitar las flores mustias de los rosales.
Cuando regresé a casa con mi hijo (él no paró de hablar durante todo el paseo, contándome todo aquello que le había parecido más relevante en su jornada escolar o en sus juegos con sus amigos, pero yo no tenía demasiada atención puesta en sus palabras) me enfrasqué en relatar esto que acabas de leer.

Estudante brasileiro um dos piores em ranking de leitura

opinião, imprensa, livro

 

Livro no Brasil, uma mercadoria de luxo vendida em papelarias com nome de livrarias, e supermercados. O preço continua absurdo, e apenas oferecem best sellers estrangeiros, que foram temas de filmes.

Os governos estaduais e municipais não investem em bibliotecas públicas, apesar da existência das secretarias de cultura apenas no nome, cujas verbas são desviadas para o pagamento de shows comícios e outros e-ventos políticos.

Nas escolas, os professores  desatualizados empurram os clássicos: Machado de Assis, romancista, e algum poeta parnasiano, também de leitura entediante para quem tem quinze anos. Ou algum livro paradidático, cujo autor escreveu nas coxas, acreditando que o jovem brasileiro, por natureza, não passa de um burro.

Os didáticos são também mal escritos, e não possuem a beleza de um livro, lembram cadernos xerocados, e selecionados via lóbi das editoras que faturam adoidado, repassando parte do lucro como jabá para secretarias de educação, diretores de colégios e alguns professores.

‘Leitores’ analfabetos

Quantas vezes, na Universidade, ouvi de estudantes de comunicação a triste revelação: “li, mas não entendi”?

livro na cara

Brasil melhora mas ainda é um dos últimos em ranking de educação

por Daniela Fernandes

De Paris para a BBC Brasil

Os estudantes brasileiros ocupam os últimos lugares nos rankings de leitura, matemática e ciências em uma lista de 65 países e territórios, segundo um levantamento da Organização para a Cooperação e Desenvolvimento Econômico (OCDE), divulgado nesta terça-feira.

De acordo com o estudo realizado pelo Programa Internacional de Avaliação de Alunos (Pisa) 2012, da OCDE, apesar da melhora nos resultados, os estudantes brasileiros na faixa de 15 anos ficaram em 55° lugar em leitura entre os 65 países analisados pelo estudo. O ensino constitui um negócio.

O Brasil totalizou 410 pontos em leitura, resultado semelhante aos registrados pela Colômbia e Tunísia e abaixo da Costa Rica, mas acima da Argentina e do Peru.

A média em leitura dos países que integram a OCDE, na grande maioria economias desenvolvidas, foi de 496 pontos em leitura.

A China, que liderou a classificação também em matemática e ciências, obteve 570 pontos em leitura.

A OCDE ressalta que a performance dos estudantes brasileiros em leitura melhorou desde 2000, passando de 396 para os atuais 410 pontos, o que revela uma evolução média anual de 1,2 ponto.

“Dados relativos a mudanças demográficas e sociais entre 2000 e 2012 no Brasil mostram que a melhora no desempenho na leitura pode ser totalmente explicada pela melhoria no status econômico, social e cultural da população estudantil”, afirma o estudo.

Competências básicas

Mas o PISA revela um dado alarmante em relação ao nível de leitura dos estudantes brasileiros: quase a metade (49,2%) ficou abaixo do nível de competências básicas (classificado como nível 2 – que representa 407 pontos).

“Isso significa que, na melhor das hipóteses, eles podem identificar o assunto principal ou o objetivo do autor em um texto com assunto familiar e fazer uma simples conexão entre a informação do texto e seus conhecimentos diários”, diz o estudo.

Houve, no entanto, um leve progresso, já que esse índice havia sido de 49,6% na pesquisa anterior, divulgada em 2010. Em 2000, a proporção de estudantes brasileiros com nível 2 de leitura havia sido de 55,8%.

Na área de matemática, os alunos brasileiros ficaram em 58° lugar, totalizando 391 pontos.

O resultado é comparável ao da Albânia, Jordânia, Tunísia e Argentina. A média obtida em matemática pelos países da OCDE foi de 494 pontos. A China totalizou 613 pontos nessa disciplina.

A OCDE destaca que o Brasil foi o país que registrou a maior taxa de crescimento no total de pontos em matemática nos últimos dez anos.

O Brasil passou de 356 pontos nessa disciplina em 2003 para 391 pontos em 2012. A evolução média anual no período foi de 4,1 pontos.

Em ciências, os estudantes brasileiros ficaram em 59° lugar, com 405 pontos.

O desempenho nessa disciplina também vem aumentando desde 2006, afirma a OCDE, quando o total de pontos obtidos por estudantes brasileiros havia sido 390. No período, houve uma evolução anual de 2,3 pontos nos resultados.

Quase 20 mil estudantes brasileiros de 837 escolas participaram dos testes do PISA 2012, que avaliou 510 mil alunos em 65 países.

Repetência

A organização destaca ainda no estudo PISA que o nível de repetência ainda é extremamente elevado no Brasil e ocorre em maior número entre os estudantes socialmente desfavorecidos.

“No Brasil, mais de um terço dos estudantes (36%) com 15 anos repetiu um ano pelo menos uma vez no ensino primário ou secundário. Muitos repetiram mais de uma vez. Esta é uma das mais altas taxas de repetência entre os países que participam do PISA”, diz o relatório.

“O Brasil precisa encontrar meios de trabalhar com a baixa performance dos alunos para motivá-los e criar expectativas para todos e reduzir as taxas de abandono dos estudos”, afirma a OCDE.

O Pisa avalia a cada três anos a performance de estudantes em leitura, matemática e ciências, com idade de 15 anos ou mais, matriculados a partir da 7ª série do ensino fundamental.

 

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Acusado de roubar 5 reais, menino de dez anos é forçado a se despir para ser revistado em escola

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Isso no Estado de São Paulo, que o Governo pagou 500 milhões a mais aos donos da área onde está instalado o Parque Villa Lobos. Um roubo de meio bilhão, via precatório super, super faturado.
Um aluno de 10 anos foi obrigado por funcionários a tirar a roupa para ser revistado numa escola pública de Tatuí, região de Sorocaba. Acusado de ter se apossado de 5 reais de um colega, ele foi levado ao banheiro e teve de ficar só de cueca. O dinheiro não estava com ele. O caso aconteceu no dia 30, mas a mãe do estudante, a secretária Paula Cazere, procurou a Polícia Civil só após ter a confirmação do ocorrido por um colega do menino, nesta quinta-feira (7). A Delegacia de Defesa da Mulher (DDM) abriu inquérito e ouvirá os funcionários envolvidos.

Paula acusa a Escola Municipal Professora Eunice Pereira de Camargo de constrangimento ilegal e entrará na Justiça contra a prefeitura. Também revelou que, além de ser acusado injustamente de furto, o filho passou por tanto constrangimento que tem se negado a ir à escola por vergonha dos colegas. Paula afirmou que, no momento em que o filho era revistado, o colega que o acusou achou o dinheiro na própria mochila.  (AE)

La infancia no es una patología

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Con el objetivo de impulsar el debate sobre la medicalización de los problemas de comportamiento de niños y adolescentes, se lleva a cabo desde el jueves la cuarta edición del “Simposio sobre Patologización de la Infancia”, en Buenos Aires.

En el simposio se presentaron más de cien experiencias de equipos profesionales de hospitales, escuelas y centros de atención barrial, en el marco del debate sobre la patologización de la infancia. Allí, profesionales del campo de la salud y la educación cuestionaron las etiquetas que con frecuencia se utilizan para diagnosticar algunos problemas de comportamiento y reflexionaron sobre formas alternativas de intervención.

Problemas como falta o pérdida de atención en el hogar o en la escuela están vinculados muchas veces con la cada vez mayor presencia de las nuevas tecnologías: juegos electrónicos, chateos, redes sociales y música. Estas situaciones de dispersión han sido abordadas por las llamadas neurociencias: desde esa perspectiva, la causa radica en las neuronas o, más bien, en las terminales que segregan neurotransmisores. Desde este punto de vista, el mal funcionamiento del cerebro es el que hace padecer al chico y a su entorno.

Otra perspectiva, en cambio, tiende a considerar la situación global del niño, su familia y su época: el problema no está en el cerebro, sino en los vínculos con las personas y las instituciones y en la representación del mundo que tienen los chicos. Para esta corriente, las nuevas “etiquetas” con la que se patologiza a los niños constituyen “clasificaciones empobrecedoras”.

Se trata de una tendencia que tiene su fundamento teórico en el Manual de la Academia de Psiquiatría (DSM) de los Estados Unidos, que en pocos días dará a conocer al mundo su quinta edición. Desde esta perspectiva, han ido surgiendo y multiplicándose diferentes clasificaciones encabezadas por el mal llamado ADD o ADHD, Trastornos Generalizados del Desarrollo, Trastornos Oposicionistas o el Trastorno Bipolar Infantil.

“Estamos ante un caso de clasificación ‘chatarra’ que, como esa comida, trae consecuencias en el organismo y en la vida de los niños. Pues el DSM y las clasificaciones en general reducen las prácticas sociales complejas como criar, educar, diagnosticar y curar a procedimientos ‘técnicos’”, sostiene Juan Vasen, psiquiatra infanto-juvenil y psicoanalista. El profesional advierte que “la técnica es encantadora, casi mágica: miles de padres, docentes y profesionales creen que están contribuyendo, a través de ella y sus fármacos, al control sobre fenómenos de nuestra ‘naturaleza’”.

El simposio reunió a más de mil trescientos profesionales de la salud y la educación, que trabajan con niños y adolescentes, docentes, psicólogos, pediatras, psicopedagogos, trabajadores sociales y de la cultura que creen que un niño no puede ser un “trastorno” y que consideran que el sufrimiento no puede ser catalogado mediante siglas como ADD, TGD, TOC o TEA.

“En los últimos años, ha aumentado de modo alarmante la cantidad de niños rotulados y el avance de las formas tecnocráticas de ‘diagnóstico’ (screenings y tests reduccionistas y masivos) aplicados a diferentes cuadros”, advierten los organizadores. Por eso, el objetivo de los profesionales es “el cuestionamiento de algunos diagnósticos que, con mucha facilidad, se endosan a niños y a adolescentes, sin tener en cuenta su singularidad ni la época, así como tampoco la complejidad del funcionamiento psíquico en la infancia y en la adolescencia”.

“Al objetivar así el padecer –sostienen–, se termina por considerar el comportamiento como algo estático: un trastorno endógeno y atemporal. Si, en cambio, consideramos que todo niño es un sujeto en devenir, que está transitando momentos de la vida que se definen por la transformación, entonces nuestras prácticas deberán tomar nota de esto a la hora de intervenir para paliar su sufrimiento.”

De ese modo, en el encuentro se trabajó en los recursos y estrategias para implementar en las aulas y en la clínica, con niños, niñas y adolescentes y con sus familias. “No sólo se trata de considerar las acciones individuales, sino de tener en cuenta el nivel de las políticas públicas, porque ellas pueden generar una mayor inclusión social y propiciar diferentes impactos en la salud física y mental”, argumentaron.

Se trata de tener en cuenta los derechos universales de niños, niñas y adolescentes, con particular atención en aquellos que atraviesan situaciones de mayor vulnerabilidad social y exclusión, cuyas manifestaciones se confunden frecuentemente con patologías psíquicas a las que se le suele atribuir una causa orgánica.

En definitiva, el eje del encuentro transitó sobre la contradicción entre intervenciones que clasifican y patologizan a los niños, fomentando la creciente medicalización, frente a otras basadas en una “escucha comprensiva” de las múltiples dimensiones en juego de los síntomas y trastornos.

“No es lo mismo clasificar que diagnosticar, reconocer sufrimiento que patologizar, prescribir medicamentos con criterio científico y pertinente, que medicalizar la vida”, definen. Es que, advierten, la presencia crecientemente naturalizada de los psicofármacos en la vida diaria y el avance de una mercantilización, apunta a “ampliar un mercado de medicamentos en permanente expansión y a reducir la infinita riqueza de las relaciones sociales a relaciones mercado-consumidor/cliente”.

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Educação lança ‘Calendário de Poesias’ nas escolas de Jundiaí

Os cerca de 30 mil alunos da rede municipal de Jundiaí contam com um estímulo a mais para desenvolver o gosto pela poesia. Calendários com versos dos principais poetas brasileiros foram instalados nas salas de aulas de todas as instituições de ensino municipal, assim como nas classes da EMEB Isabel Christina de Olivera, onde ocorreu o evento de apresentação do projeto nessa terça-feira (28).

A aluna mostrou as poesias contidas no Calendário

Segundo os responsáveis pela iniciativa, os estudantes do 1º ao 9º ano do Ensino Fundamental do município são os primeiros do país a contar com os textos de poetas do cânone da Língua Portuguesa, em todas as salas de aula. No evento de apresentação do projeto, as crianças recitaram poesias, já demonstrando interesse pelo gênero textual.

“As crianças de Jundiaí terão, a partir de agora, contato direto, em suas salas de aula, com poemas de grandes poetas da Língua Portuguesa, como Fernando Pessoa, Olavo Bilac, Vinicius de Moraes, Mário Quintana, Henriqueta Lisboa e José Paulo Paes. Com isso, aprimora-se o processo de alfabetização, uma vez que a poesia é essencial na formação de um leitor de qualidade”, explica o prefeito Miguel Haddad.