El asilo, última opción para el adulto mayor

 

Los hogares para personas de esta edad son una modalidad socio-sanitaria compleja. En ellos existe una variedad de actores que se interrelacionan entre sí. Muchas familias, en especial las mujeres de la casa, tratan de sostener el cuidado de su familiar, pero al volverse éste más dependiente o agresivo, surge la necesidad de delegar el cuidado.

 

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por Margarita Murgieri/ Argentina

En principio el domicilio es el mejor lugar para vivir. Hay un viejo aforismo que reza: “En casa mientras sea posible, en la residencia cuando sea necesario”.

Muchas veces no están claras cuáles son esas necesidades. ¿Transitorias o definitivas?, ¿médicas o sociales? Pilar Rodríguez define Residencia de Adultos Mayores como centro “abierto” de desarrollo personal y atención socio-sanitaria multiprofesional en el que viven temporal o permanentemente personas mayores con algún grado de dependencia (física, mental, funcional o social).

Cuando hablamos de centro abierto nos referimos a que los hogares deben ser de puertas abiertas y el ingreso con el consentimiento de la persona mayor. Muchas residencias privadas son de puertas cerradas y ello puede ser un concepto de privación ilegítima de la libertad.

Un centro residencial también debe ser abierto para el ingreso de las personas de la comunidad (para prácticas pre-profesionales, acciones de voluntariado, espectáculos musicales de danza o teatro, etc.).

Cuando se menciona ‘desarrollo personal’ está implícito el hecho de que a la residencia se va a vivir, no a estar internado. La vida implica proyectos, desarrollo, crecimiento. Otro punto a tener en cuenta es que se trata de centros donde la atención es socio-sanitaria. No solo social y no solo sanitaria. La atención es multiprofesional. Aquí podríamos cambiar el término por interdisciplinaria, lo cual establece mejor las pautas de atención integral que el adulto mayor necesita.

Martin Pérez del Molino llama a las Residencias de Personas Mayores Centro de Cuidados Continuados. Esta nueva definición pone ‘valor’ al término residencia. La institucionalización de adultos mayores es una alternativa válida cuando se han explorado otras opciones. Un aforismo médico anónimo del siglo XV dice: “Se cura algunas veces, se alivia con frecuencia, se cuida siempre”. A los médicos, tan apegados al modelo biológico y omnipotente, este aforismo nos llama a la reflexión. Pero el cuidado no es resorte solo del ‘arte’ médico o de enfermería, sino de cualquier miembro del equipo interdisciplinario.

Cuidar implica tareas específicas de cada disciplina, pero también implica relaciones y sentimientos. La gestión pública está centrada en el ciudadano. La función de la institución pública es crear valor público: es una ganancia o un beneficio a la calidad de vida de la población. Así como en lo privado los beneficiarios son clientes, en las instituciones públicas los destinatarios son derecho-habientes y su principal condición es ser ciudadanos.

El valor público se alcanza cuando se logra satisfacer lo más plenamente los objetivos de la institución, en nuestro caso, el cuidado socio-sanitario equitativo y de calidad de las personas mayores.

Existen varios desafíos que plantea el cuidado en Centros Residenciales, así podemos mencionar:

Desafío o controversia: es aquel derivado de la heterogeneidad y la diversidad en la tipología de los residentes: Doble concepción y exigencia de ser un lugar para vivir y un espacio de atención especializada con cuidados médicos y de enfermería. Una residencia no puede ser un efector de salud, pero es un aspecto que no debe ser descuidado. La provisión de medicamentos, las guías preventivas, la provisión de prótesis, las interconsultas a especialistas, la evaluación médica mensual son aspectos que no pueden ser dejados de lado.

Un desafío derivado del anterior es la problemática de convivencia. Cuando personas mayores tan diferentes unas de otras intentan convivir ocurre lo que podemos llamar colisión de estilos de vida y colisión de derechos.

Por otro lado, las personas que provienen de situación de calle muchas veces padecen patologías psiquiátricas larvadas sin diagnóstico ni tratamiento y frecuentes trastornos de personalidad, lo que también dificulta la convivencia.

La frustración hace recurrente la queja. Al hogar se lo ama y se lo odia. Es el lugar que les da pertenencia, protección y cuidado; si no estuvieran allí, vivirían en la calle, pero por otro lado no es lo que hubieran deseado de sus vidas.

El ingreso a la institución es un factor de fragilidad como un cambio de domicilio, donde se desestructuran los mapas mentales y son desencadenantes a veces de síndromes geriátricos como las caídas.

Muchos residentes temen la pérdida de control, a la vez que se alteran los hábitos, hay que cumplir horarios y reglamentos que si bien no son restrictivos tienden a ordenar la convivencia.

A pesar de la interesante oferta de talleres y actividades que se les presentan, los residentes tienen gran cantidad de tiempo libre. A efectos de mejorar la convivencia se efectúan intervenciones en equipo interdisciplinario. Es un gran esfuerzo lograr la compatibilidad. Es función del equipo trabajar sobre las personas ya instaladas para que mejoren su convivencia.

Hay una gran tendencia al aislamiento, les cuesta mucho hacer nuevas amistades. La propuesta es que ellos puedan elegir con quién vivir (pareja o no). El personal debe entrenarse en el manejo de conflictos y habilidades de negociación. No siempre la respuesta es la esperada por el residente, que suele tener una actitud acreedora con el hogar.

Existen muchos autores a favor de crear unidades especializadas, por ejemplo para enfermos que padecen de Alzheimer, porque el personal puede tener mayor capacitación y dedicación.

Por otro lado, puede adecuarse el espacio físico a pacientes con demencia. Esto genera residentes dependientes o se deterioran cognitivamente no pueden mantener la misma habitación durante su estadía en el centro.

DATOS

Personas que han perdido sus redes vinculares por adicción al juego, drogas o alcohol, delitos o trastornos de la personalidad, sin vinculación familiar.

Personas que han perdido su trabajo, trabajadores en negro o precarizados. En situación de calle porque no pudieron acceder a vivienda, la han perdido o se han desvinculado de su familia.

Personas que han caído económicamente y socialmente producto de la movilidad descendente durante la crisis del 2001. En el caso de Argentina pero igual fenómeno sucede en otros países.

Personas mayores con diversas patologías crónicas e incapacitantes que no pueden ser cuidadas en el hogar (amputados, diabéticos, incontinentes, dementes y con patologías psiquiátricas, con problemas mentales y funcionales complejos).

Personas mayores en situación de alta por enfermedades agudas o reagudización de crónicas, bloqueando camas hospitalarias, sin poder externarse.

Enviados por juzgados, por cualquiera de las razones anteriores.

EL CUIDADO DESDE LA ÉTICA

“Los derechos y obligaciones de los residentes se ponen en juego cada día”

Palabra Mayor / Voces en el Fénix

La ética del cuidado es aquella que coloca a los sujetos en medio de una red de relaciones. Es un valor personal y profesional.

La ética del cuidado se pone en práctica al ingreso, a través del consentimiento informado, la aceptación de la persona, el ofrecimiento de otras alternativas, y durante la estadía, a través del respeto máximo de la autonomía, deseos, decisiones sobre la intensidad y el tipo de cuidados en el marco del mejor equilibrio entre derechos y obligaciones.

La ética del cuidado se sostiene a través del buen trato, la atención centrada en la persona, protocolización de las sujeciones físicas, el derecho a la información y protección de datos personales, el respeto a la diversidad y la satisfacción diferenciada de las necesidades de quienes están a nuestro cuidado.

La institución para personas adultas mayores es una modalidad socio-sanitaria compleja, por la variedad de actores que se interrelacionan entre sí, por los derechos y obligaciones que ponen en juego cada día, porque sus residentes son sujetos de cuidado a la vez que sujetos de derecho, porque muchas veces el principio de autonomía roza la responsabilidad que los funcionarios tienen sobre las personas que están a su cuidado.

Algunas personas mayores, sobre todo aquellas ingresadas desde la calle con alto grado de vulnerabilidad social, no van a vivir aquí hasta sus últimos días ya que son posibles las externaciones a casas de familiares, a otros hogares, a hoteles con subsidios u otra vez a la calle pasado el frío invernal.

La institucionalización sirve como un lugar (antropológico) para recomponer fuerzas, cubrir sus necesidades básicas, conectarse con su interioridad, conocer la problemática de los otros, compartir, volver a sentir pertenencia y afiliación, configurar su identidad y restaurar el vínculo con la sociedad.

Merklen Denis habla de “sentido de pertenencia dañado” en aquellos que viven en los márgenes y aquí les es posible repararlo.

La institucionalización es un punto de inflexión en los trayectos de las vidas de estas personas mayores.

Esta relación afectiva ambigua hacia la institución hace que se la rechace y se la necesite, sentimiento acompañado del miedo a volver a la situación de marginación y exclusión a la que los arrojó el fracaso en el sistema laboral o familiar.

Los hogares para personas adultas mayores son una modalidad socio-sanitaria compleja. En ellos existe una variedad de actores que se interrelacionan entre sí, donde los residentes tienen derechos y obligaciones que se ponen en juego cada día. Para ello se requiere de un tratamiento profesional que apunte a mejorar la calidad de vida de los internos.