Papa Francisco: “La verdadera paz es un compromiso cotidiano”


Desde que fue elegido pontífice en marzo pasado, Bergoglio trató de cambiarles la cara a los organismos de la Santa Sede y de acercarlos a las necesidades de la gente. En pocos meses, destituyó a las autoridades del Banco Vaticano.

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Por Elena Llorente

Desde Roma

El 2013 será recordado, por la historia y por la Iglesia Católica, como el año de los dos papas, Benedicto XVI y Francisco, y el año en el que el primer papa venido “del fin del mundo” quiso revolucionar –y tal vez lo consiga– el gobierno de la Iglesia y su sede en Roma. Es que desde que fue elegido pontífice, el 13 de marzo pasado, Jorge Mario Bergoglio empezó a dar vuelta como un calcetín los organismos de la Santa Sede para tratar de cambiarles la cara y de acercarlos a las necesidades de la gente. Como el IOR, el Banco Vaticano, que ha sido motivo de varios escándalos financieros en los últimos años. En pocos meses destituyó a sus autoridades, hizo publicar por primera vez su balance y tiene a una comisión trabajando sobre el asunto.

En esto está el papa Francisco. Y no trata de hacer los cambios “a dedo” o por propia decisión o la decisión de los pocos que lo rodean, como podría haber sido o han hecho otros, sino que se está haciendo asesorar por expertos en varias materias, desde las financieras y bancarias, a las legales e internacionales, hasta las relacionadas con los abusos sexuales –aunque ya se han tomado varias medidas– y con los medios de comunicación, como los expertos que acaba de nombrar en temas de periodismo. En primer lugar nombró una comisión de ocho cardenales de todo el mundo, coordinada por el hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga, que recogen ideas en sus regiones sobre los cambios necesarios en la Iglesia y las traen a Roma para discutirlas con el Papa. Se han hecho ya dos reuniones de este tipo y la próxima es en febrero.

Pero el 2013 también será recordado como el año en que un papa comenzó su pontificado levantando como bandera a los pobres. En su primera aparición ante la prensa internacional a los pocos días de su elección dijo una frase que a muchos dejó con la boca abierta: “Cómo me gustaría una iglesia pobre para los pobres”. Pocos papas, que se recuerde al menos, debutaron hablando de la necesidad de una Iglesia pobre. Es que cuando se entra al Vaticano sorprenden los cortinados majestuosos, las escaleras del palacio real, las paredes llenas de pesadas decoraciones y dorados, el lujo de esos palacios construidos a lo largo de varios siglos. Hay quienes aseguran que muchas de esas decoraciones se hicieron con el oro de América que los reyes de España regalaron a los pontífices de entonces. Seguramente Francisco sintió el peso de esa contradicción y quiso inmediatamente diferenciarse, primero eligiendo el nombre Francisco, en memoria del santo más pobre de la Iglesia, San Francisco de Asís. Y luego diciendo esa frase a los periodistas. Una frase que, por lo demás, en América latina al menos, está asociada a la Teología de la Liberación, a los conocidos en los años ’70 como curas tercermundistas, a la misa cantada con guitarras y celebrada en castellano y no en latín, al Concilio Vaticano II y todas sus reformas en síntesis, que intentaron acercar la Iglesia a la gente y a los pobres en particular. Por eso, tal vez, y también por su apertura hacia la Teología de la Liberación –en tiempos de Juan Pablo II abiertamente condenada por el Vaticano– algunos medios ultraconservadores de Estados Unidos acusaron a Francisco de “marxista”. “¿Yo marxista? No me siento ofendido. He conocido varios buenos entre ellos. Pero es una ideología equivocada”, dijo el Papa al diario italiano La Stampa en una larga entrevista.

Su intento de acercarse a los pobres, de demostrar sencillez él mismo, no quedó sólo allí. Decidió no vivir en el palacio papal –desde el que sin embargo se asoma cada domingo para el Angelus– y se fue a vivir a una suerte de hotel con departamentos que hay dentro del Vaticano: la Domus Santa Marta. Mucho más simple y siempre rodeado de otras personas. Decidió usar para sus paseos externos al Vaticano, no el papamóvil completamente cerrado que usaban los papas anteriores, sino jeep abierto o un auto pequeño, simple, como el de un ciudadano común.

La llave tal vez de su inesperado éxito entre los creyentes y no creyentes del mundo entero –la prueba la dio la revista estadounidense Time, que lo eligió “personaje del año”– fue su sencillez, su simplicidad, su modo afectuoso de dirigirse a la gente, sus caricias a los niños y los enfermos que visitan la Plaza de San Pedro cada miércoles, muy distinto del accionar de los papas europeos, bastante fríos o, de todas maneras, formales y alejados de todo contacto físico. Si algo conmovió y sorprendió de entrada, a los pocos días de su elección, fue su decisión de celebrar el Jueves Santo en una cárcel juvenil en las afueras de Roma, donde lavó los pies de 12 jóvenes, muchachos y chicas, algunos no cristianos. Su no tener miedo del contacto con los creyentes, entre otras cosas, le permitió un rotundo éxito en su primer viaje internacional a Río de Janeiro, en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud.

Coherente con su primera frase dirigida a los periodistas, para su primer viaje por Italia eligió un lugar insólito. El símbolo europeo de la desesperanza de los más pobres: la isla de Lampedusa, adonde llegan y en cuyo mar anualmente mueren miles de inmigrantes que escapan de la persecución o la pobreza en Africa y Medio Oriente.

La paz en Medio Oriente, en particular en Siria, preocupa mucho a Francisco que, además de haber organizado en septiembre una jornada de ayuno y plegaria por la paz en ese país, la sacó nuevamente a relucir en su mensaje navideño que leyó ayer desde el balcón central de la basílica de San Pedro. La bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo), que leyó el Día de Navidad, la dedicó a la paz, mencionando sobre todo a países africanos, pero también a las negociaciones entre israelíes y palestinos, a Irak, a los inmigrantes “que buscan una vida digna”, a los niños obligados a convertirse en soldados, al pueblo filipino afectado por el tifón. “La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura ‘fachada’, que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso cotidiano, que se logra contando con el don de Dios”, dijo el Papa. El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 10 de enero y que se dio a conocer hace algunos días, Francisco lo transformó en un verdadero análisis sobre la fraternidad y las implicaciones a nivel económico, político y social que su existencia o su ausencia pueden producir en cualquier sociedad del mundo. Y subrayó cómo la fraternidad es determinante para la paz.

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